IMPROVISACIÓN SOBRE LO SAGRADO EN BATAILLE -2-
(sobre: filosofía)
“¿Qué sería de nosotros sin el lenguaje? Nos hizo
ser lo que somos. Sólo él revela, en el límite, el
momento soberano en que ya no rige. Pero al final
el que habla confiesa su impotencia.”
(Bataille, 1957: 280)
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el viejo vega
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Podríamos sospechar que el acto de escribir, o la escritura misma, da testimonio de la vida en el pecado; y consecuentemente que el lenguaje, la literatura, quizá también la filosofía, se definen como un puente y un abismo entre el mundo profano y el mundo de lo mítico; entre el mundo de la utilidad y el discurso racional; y el sagrado mundo del silencio. Entre esa tensión filosofía grita, lleva hasta el extremo al discurso, transgrede sus limites y deviene en una meta-filosofía o post-filosofía, en un exceso inútil.
Esta improvisación, se articula en dos momentos dispares que se demoran principalmente en torno a algunos fragmentos de La Felicidad, el Erotismo y la Literatura (1944-1961), La Experiencia Interior (1954) y El Erotismo (1957); donde Bataille vincula lo sagrado con el lenguaje. El primer momento hace centro sobre el lenguaje; el segundo acentúa el lugar que ocupa la filosofía. (1)
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La literatura en general, o peor aun, las lenguas y los lenguajes en todas sus formas, por impresentables o canónicas que sean, representan, dramatizan, una instancia de tregua entre el mundo profano y el mundo mítico, entre las morales de la cima y de la decadencia (2). Podría pensarse que el carácter dramático hace de las formas literarias la continuación de la guerra, o de una orgía, pero por otros medios; en principio mediante las palabras en general o las constelaciones oracionales que ellas encarnan. En la literatura se continúa la tensión entre erotismo y muerte pero desplazando esa tensión al dominio de las palabras, a ese reino, donde por precario que parezca, también se enlazan lo pecaminoso y lo sagrado. De esta manera la literatura se presenta como una forma retorcida, diabólica como tus labios, donde aquellas coordenadas, profanas y míticas, se encuentran y se rechazan, se seducen y se pierden, se llueven y se coagulan. Y si hay suerte, podríamos afirmar, aunque Bataille sólo lo insinúe, que en ese instante, en el acto mismo de escribir se da testimonio de esa herida que se desborda y nos arranca del mundo para reintegrarnos al incorregible mutismo del pecado (Cf. Bataille, 1944-1961).
Es en este contexto, de cielo blancuzco, donde las palabras se abrazan unas con otras, las principales constelaciones, opuestas e irreconciliables, son lo discursivo y lo poético. Nociones que se excluyen y se reclaman de forma dialéctica y que se inclinan hacia lo profano y decadente si pensamos en el discurso; y hacia lo mítico y la cima si pensamos en la poesía. Tanto en el primero como en el segundo, de estos registros, las palabras son el testimonio tangible de los limites y el alcance de lenguaje, de la impotencia de las palabras, que en su ambigüedad; del mismo modo que obturan toda comunicación y disipan toda intimidad, pueden también desencadenar la intimidad de la comunión, con la violencia de una caricia y la ternura irrefrenable del golpe. Corresponden al cuerpo discursivo palabras como ruidos; mientras que a la poesía corresponden las formas que más se aproximan a la imposibilidad del silencio. No hay poesía si no adviene el silencio pero esa denudes es imposible (Cf. Bataille, 1954: 23 y 25; 115 o 1962: 10 o 1929-1939: 243).
Esto no sólo es un problema difícil de abordar sino que también es la frontera final de toda forma literaria. Frontera que oficia de puente y abismo colindante con lo sagrado, lugar al cual sólo se podrá arribar si la literatura pierde su utilidad para volverse algo completamente inútil, si hace de su ruido silencio, si trasmuta lo posible en imposible. En este extremo se enfrenta lo discursivo, concentrando quizá todas las utilidades de los lenguajes y las lenguas, con la poesía que es tanto inútil como imposible, en cuanto también es un tipo de discurso. Con relación a esta distinción, entre discurso y poesía, Bataille es tajante, llega a señalar que el discurso “hace pensar en el hombre hundido, debatiéndose, al que sus esfuerzos entierran con mayor presteza” (Bataille, 1954: 24) puesto que allí la palabra es una huida inalienable. Un lugar donde el lenguaje, en su huida, sólo nos desplaza de palabra en palabra. Mientras que por el contrario para abandonar ese desierto, esa esterilidad, “[e]s necesario encontrar: palabras […] que nos hagan deslizar desde el plano exterior (objetivo) a la interioridad del sujeto” (Bataille, 1954: 25-26) siendo justamente este el lugar de la poética, o la poesía, donde las palabras son como una lluvia, predilección morbosa del corazón, ausencia de palabras y silencio interior. Desgarro de un lenguaje sin significación. La poesía es un silencio ensordecedor.
Está de más decir que callarse para escuchar es una dificultad que todos padecemos, y sobre manera, máxime cuándo se trata de escuchar el silencio, ya que nos exige respirar hondo y contener la respiración para ir hasta el extremo de lo posible, al infinito y más allá. Donde nos desgarramos como en un suplicio. Grito ahogado de tus ojos al pestañar. Negrura. Sin sentido. Blanco sobre blanco (Cf. Bataille, 1954: 47, 48 y 51).
El suplicio y el desgarro están implícitos en el desplazamiento de la discontinuidad a la continuidad (Cf. Bataille, 1957 y 1944-1961) y sugieren un desplazamiento de caída y a los tumbos, de allí el suplico, que implica la superación, dialécticamente hablando, por una parte de la distinción entre sujeto y objeto, y por otra parte el reconocimiento entre sujetos -la anulación de la distinción dentro y fuera-; aunque en tal reconocimiento, en ese instante, quizá de éxtasis, los sujetos no se encuentren sino al costo de su perdición (Cf. Bataille, 1954: 61). Así al desplazarse hay un doble movimiento, simultáneo, hacia la intimidad y hacia la comunicación o comunión. Esos pasos de baile son el peregrinar a la poesía. Hay allí cierta gravedad seductora, agitación incesante de lo posible y de lo imposible; y mal que pese, cierta levedad aterradora, la proximidad de la muerte. El sacrificio. Sólo un niño, sea un dios o un animal, ya que de ambos modos puede decirse su soberanía, podría poner en juego su propio ser y quebrar el miedo que suscita la intemperie de unos labios de mujer que se aproximan vertiginosos como si sólo fuesen palabras que corren por el aire (Cf. Bataille, 1954: 53 o 1962: 137, 149 o 1952-1961: 85).
Hay hasta el momento una confusión progresiva entre los elementos presentados: primero la tensión entre literatura y palabras; y segundo la tensión entre discurso y poesía. La primera tensión describe una relación entre parte y todo, donde la literatura, aunque es un fragmento, es comprendido como un todo, un sistema articulado constituido por palabras; siendo estas últimas una partícula, a caso también una relación, más elementales; que de acuerdo a la combinatoria o constelación que describan podrán ser interpretadas como discurso o poesía, la segunda tensión en cuestión. Discurso y poesía nos desplazan del ruido al mutismo del lenguaje, nos inclinan a la intimidad y la comunicación, tras la cual erotismo y muerte se confunden en un oscuro silencio. Donde ya no hay ni hombre ni lenguaje sino una continuidad sagrada (Cf. Bataille, 1954: 190).
Pero hay también una confusión, que no es propiamente mía, sino mala suerte, dada por la superpoción de eso que de modo laxo podríamos llamar hombre, sea conciencia de sí o sentimiento de sí, y lenguaje. Parecería que persona y personaje se solapan impunemente o bien que una es la continuación de la otra pero por otros medios (Cf. Bataille, 1954: 59) ya que el lenguaje nos hace ser lo que somos; y viceversa. Incluso conforme nos acercamos al cenit de la intimidad y la comunicación no podemos imaginar sino una negrura que nos absorbe y disgrega. Sacrifico y muerte. No podríamos llegar a gritar “¡Soy lo que escribo!” sino sólo cuando el éxtasis se retira y el deseo de gritar ya se ha encarnado. No obstante Bataille llega a señalar, en concordancia con este grito apresurado, que “[e]n lo que atañe a los hombre, su existencia está ligada al lenguaje [y que] el ser está en el medio de la palabra” (Bataille, 1954: 92; Cf. Bataille, 1929-1939: 219).
Aceptamos esta tensión entre hombre y lenguaje para mantenerla bajo sospecha. A fin de cuentas si el lenguaje puede chocar contra las leyes gramaticales que lo contienen, al costo de perder su singularidad, sólo para sacrificar sus palabras en un holocausto abismante y sin sentido que lo desgarre del papel y lo desplace hasta esa nocturnidad que a veces es el hombre y otras veces nocturnidad tan sólo (Cf. Bataille, 1954: 25 entre otras); el hombre, por precario que parezca, también puede enlazar lo pecaminoso y lo sagrado, aunque más no sea en su vida o en sus escritos.
De esta suerte, si aceptamos semejante yerro, el que nos ha traído hasta aquí, tanto de un lado como del otro, de aquello que separa al hombre del lenguaje; erotismo y muerte se enfrentan llegando a poner en riesgo nuestra vida. El discurso amenaza reducir al hombre a cosa y la poesía si no lo desgarra en total, al menos ensucia su conciencia y su deseo en cuanto tal (Cf. Bataille, 1962: 150-152) A esto se debe que la intimidad-comunicante, callarse y escuchar, nos cueste tanto que demande que nos sacrifiquemos. Algún tipo de suplicio o dolor. Pero ante la pena de los hombres, “[e]n la voluntad de suprimir el dolor [o anular el sacrificio] somos conducidos a la acción, en lugar de limitarnos a dramatizar” (Bataille, 1954: 21) lo cual, si bien nos permite abandonar la literatura y reintegrarnos al mundo real; este desplazamiento no nos resucita sino que por el contrario; la acción suprime el deseo y “la vida es deseo de lo que puede ser amado sin medida” (Bataille, 1944-1961: 143) Desde luego aquí se enlaza y confunde vida sin medida y la acción desmesurada (Cf. Bataille, 1944-1961: 139). La acción por su parte nos roba la literatura, la vida y el deseo; siempre es enajenada y útil; pero sólo nos sirve para elevarnos al mundo profano y a la moral de la decadencia. Es nuestro principio de realidad. Ahora bien cabe preguntar ¿quiere decir esto, que debamos renunciar a toda acción en todos los casos? ¿y que podremos incluso dejar de oponernos a las acciones criminales? Cito al propio Bataille; “No”, fin de cita. (Cf. Bataille, 1944-1961: 138)
Cabe señalar, por un lado, que “no podemos prescindir de la actividad útil” (Bataille, 1944-1961: 142) ni “tampoco de las relaciones eficaces que introducen las palabras entre los hombres y las cosas” (Bataille, 1954: 144) y por otro lado, que tampoco la literatura “puede ser útil porque es la expresión [del deseo] del hombre y lo esencial en el hombre [sagrado o maldito] no es reductible a la utilidad” (Bataille, 1944-1961: 18, 143 entre otros). Estos dos inútiles, hombre-poesía, “no son medios para otra cosa” (Bataille, 1954: 119; Cf. Bataille, 1952-1961: 95).
Frente a la acción la literatura encuentra su doble miseria; “excede[r] lo dado, pero no puede[r] cambiarlo” (Bataille, 1944-1961: 23) La literatura, en ninguna de su formas, puede asumir el compromiso de suscitar una transformación, sea criticando el mundo real o sea intentando libertar al hombre -aquí la literatura excluye el lenguaje de los amantes-. La literatura carece de poder en comparación con la acción. Bataille afirma que “[e]l compromiso cuyo sentido y cuya fuerza se constituyen por el temor al hambre, el sometimiento o la muerte del prójimo, aleja de la literatura a quien busca la urgencia de la acción apremiante a la cual sería cobarde no consagrarse por entero” (Cf. Bataille, 1944-1961: 145). Es por esto que ningún hombre comprometido escribió nada que no fuera un discurso patético, ya que tomar la palabra para protestar es también una acción, elocutiva al menos, pero con el añadido de ser cobarde; ya que “es al mismo tiempo ocultarse frente a las exigencias de la acción” (Bataille, 1944-1961: 138). Discurrir es una acción cobarde. No hay palabras comprometidas. “Si parece ocurrir de otro modo es porque el compromiso no es el resultado de una elección que responda a un sentimiento de responsabilidad o de obligación, sino el efecto del deseo” (Cf. Bataille, 1944-1961: 145). Escribir es un capricho. Vacuo. “Nadie podría condenar la acción sino mediante el silencio” (Cf. Bataille, 1944-1961: 138).
El silencio es lo radicalmente otro, lo diametralmente opuesto; tanto a la acción como a la literatura. En la literatura, su miseria busca también ser su virtud, al fin y al cabo debemos recurrir a las palabras, y aunque en ellas
“la imagen poética, lleva de lo conocido a lo desconocido, se aferra, sin embargo, a lo conocido que le da cuerpo y, aunque le desgarra y desgarra la vida en ese desgarramiento, se mantiene en él. De donde se sigue que la poesía es casi por entero poesía caída, gozo de imágenes ciertamente retiradas del dominio servil, pero que se rehúsan a la ruina interior [el pecado] que es el acceso a lo desconocido [lo sacro]” (Bataille, 1954: 156).
Escribir es un pecado. Un triste juego infantil cuyas víctimas son las palabras donde “[t]odo lo real no tiene valor y todo valor es irreal” (Bataille 1944-1961: 24 y Cf. Bataille, 1929-1939: 236 o 1952-1961: 49, 52-54) aunque sea vital. No obstante “de los diversos sacrificios, la poesía es el único del que podemos alimentar, y renovar, el fuego” (Bataille, 1954: 157). Fuego que viene de la nada como si fuesen palabras que nacen y mueren en tus labios. Otro sin sentido. Resta señalar que aunque el escritor esté confundido entre vida y acción, silencio y palabras “no puede sino comprometerse en la lucha por la libertad. Incluso más que luchar por ella, debe ejercer la libertad, encarnar por lo menos la libertad en lo que dice” (Bataille, 1944-1961: 18) por inútil que fuese; ya que allí, en su impotencia, se esconde su soberanía. La poesía es una invitación al pecado cuyo efecto, el extremo de lo posible, es la redención, el éxtasis, lo imposible duplicado; no ser noche ni dejar de serlo, escribir blanco sobre blanco.
Aun podemos reseñar un par de elementos en tensión; la primera dada entre literatura y acción y la segunda entre vida y acción. Estas tensiones cobran relevancia a partir de nuestra confusión entre hombre y lenguaje y concluye acentuando la oposición entre compromiso y silencio. El desplazamiento en este laberinto es posible en dos líneas de sentidos: por un lado, miedo-acción; y por otro lado, deseo-silencio. Conforme nos adentramos en el deseo nos aproximamos al silencio y nos alejamos de toda acción. Entre el silencio y la acción se retuerce, se sacrifica, la literatura, la poesía al menos, que es simultáneamente mutismo y desgarro. La poesía es así una invitación a la libertad en su accionar silente y un silencio soberano en su inutilidad hiriente e hilarante. Un puente y un abismo. Sagrado. Como tus besos (Cf. Bataille, 1929-1939: 116 y 243).
ii
Este exceso titubeante no es más que una muestra de las limitaciones y de los peligros ante los cuales nos expone el lenguaje. No hace falta reiterar que este laberinto aunque es aterrador también es excitante. Como la desnudez, diría Bataille. ¿Cómo la filosofía?, preguntamos nosotros.
En principio la filosofía comparte las carencias de todas las otras formas literarias, la proximidad promiscua con las palabras, “[l]a filosofía no puede salir del lenguaje [y] jamás le sucede el silencio” (Bataille, 1957: 279). La filosofía es grito ahogado. Cae. Pesada como párpados. Y nos arrastra de palabras en palabras. Atrapa en su ficción universal o universitaria. En ese sentido nos arranca de mundo real en su reiteración inútil, teórica y teatral. “Quiero decir que es difícil filosofar y vivir a un tiempo” (Bataille, 1957: 259). La teoría excluye la práctica o la valentía. El coraje es acción muda o es silencio, deseado imposible. Balbuceos. Impotencia y constancia o continuidad y contingencia. La filosofía es un esfuerzo extremo, es como un ser esforzándose por alcanzar sus límites, y es, por consiguiente un esfuerzo disciplinado (Cf. Bataille, 1954: 181 y 1957: 263) por desbordarse o trasgredirse (Cf. Bataille, 1962: 38-39). Filosofar es sacrificarse; es condenarse al olvido y olvidar con insistencia porque “no pudo instituirse sin la disciplina [y aun así] fracasa por el hecho de no poder abarcar [los] extremos de lo posible, que siempre lindan con los extremos de la vida” (Bataille, 1957: 264) imposibles de abrazar y de consumir incluso por el fuego de nuestra sangre. La filosofía es deseante. Y es duelo, pero “nunca es súplica, [y] sin súplica no hay respuesta concebible” (Bataille, 1954: 44) sino un preguntar abismante, insalvable; lo problemático es que el suplicio o angustia “implica una adhesión apasionada y sin medida” (Bataille, 1944-1961: 128) un acto de fe reconfortante. La filosofía es una rutina cotidiana y ausencia apabullante que “se va transformando cada vez más en una disciplina especializada” (Bataille, 1957: 259) acorde a nuestro tiempo “es un trabajo” (Bataille, 1957: 263). La filosofía es útil, profana y decadente, servil (Cf. Bataille, 1954: 181-182) aunque no llega a lisiada como la ciencia donde “el deseo de conocer ha muerto” (Bataille, 1954: 182) tampoco llegar a ser como el arte que muestra una verdad, sin sentido, en la cual “el hombre vuelve a la soberanía y, si bien en primer lugar es deseo de anular el deseo, apenas ha alcanzado sus fines [es inmediatamente] deseo de reavivar el deseo” (Bataille, 1954: 65 y Cf. Bataille, 1944-1961: 142). La filosofía es un exceso pautado que encuentra así su lugar en este laberinto. Está acorralada. Se desplaza entre literatura y vida. Se encuentra en tensión entre el discurso, la ciencia, lo servil y la poesía, el arte, lo soberano. Se retuerce entre imposibles. Grita de impotencia servil y soberana. La filosofía es una herida absurda y un manojo de carcajadas donde la filosofía se ríe de la filosofía; mal que le pese a los filósofos (Cf. Bataille, 1957: 264-265). Transgrede sus límites y se coloca más allá de la filosofía, y se detiene en un instante sin después, sea meta-filosófico o post-filosófico, que es donde mejor se fuga y se anticipa. Se pone en juego. Pero como “[n]o podemos de ninguna manera fabricar a partir de un estado servil un momento soberano” (Bataille, 1954: 200); la filosofía se disuelve (Cf. Bataille, 1957: 279) y en esta confusión, a nuestras espaldas, la filosofía muerte. -Hagamos un instante de silencio.- Que es sagrado, mientras que escribir es sólo un pecado, público, de quien en su impotencia “es poseído por la necesidad de crear [quien] no hace más que sentir la necesidad de ser hombre” (Bataille, 1929-1939: 238).
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Resta señalar, aunque nos excedamos en la extensión de este escrito, en sugerir notas para confrontar, en licencias de escritor, que aunque Bataille no diferencia lenguas de lenguajes, francés de lógica o matemáticas; ni estrictamente entre expresiones artísticas no lingüísticas como la pintura o la escultura; siempre parece tener presente que el lenguaje en general es representacional en algún sentido, ya que refiere, señala, suple o suscita algo que en sus extremos nos reintroduce en el lenguaje o nos arranca de él; las palabras suscitan-suplen más palabras o suscitan-suplen silencio; en el primer sentido buscan, o ganan en, utilidad y en el segundo, por inútiles, ganan en sacralidad; pero estos efectos, si lo son, nunca son ajenos al acontecimiento que los desencadena. La poesía misma aparecería ser el extremo imposible de la segunda posibilidad, sin importar las palabras y las reglas, gramática, estilos, de que se valga; ella es antes que nada su silencio y lo más próximo a la desnudez. La filosofía, en cambio, no llega a tales extremos; pero tampoco se agota en sus esfuerzos, fallidos, por trasgredirse, desbordarse; es como una danza que se anquilosa o se desata frenéticamente; se tecnifica o se vivifica, acciona o calla; busca. Lo sagrado, por su parte, permanece siempre inalcanzable; tras la intimidad y la comunicación, poética o filosofía; si no encarnándose entre palabras, en el desgarro de los cuerpos de los amantes, siempre deseándose y muriéndose mutuamente; pero sin consumirse o consumarse.
el viejo vega
(1)
Cabe señalar que un avance sobre este escrito fue presentado en la V Jornadas de Filosofía Teórica en función de cuya temática se especifica el lugar que ocuparía la filosofía en el pensamiento de Bataille.
(2)
La tensión entre profano, mítico, cima y decadencia pueden observarse en Teoría de la Religión (1973) y Discusión sobre el Pecado (1973) entre otros textos de Bataille. Nosotros hemos trabajado esas tensiones en Pecar es sagrado; nuestra primera improvisación. Publicada por la “XV Jornadas de Teología, Filosofía y Ciencias de la Educación”, 2008, Córdoba.
Bibliografía.
Bataille
(1929-1939) La Conjuración Sagrada. Traducción: Silvio Mattoni, 2003, Ed. Adriana Hidalgo.
(1944-1961) La Felicidad, el Erotismo y la Literatura. Traducción: Silvio Mattoni, 2004, Ed. Adriana Hidalgo.
(1952-1961) Lascaux o el nacimiento del arte. Traducción: Axel Gasquet, 2003, Ed. Alción.
(1954) La Experiencia Interior. Traducción: Fernando Savater, 1989, Ed. Taurus.
(1957) El Erotismo. Traducción: Antoni Vicens, Marie Paule Sarazin, 2005, Ed. Ensayo Tusquets.
(1962) Lo Imposible, Traducción: ……………. 2001, Ed. Arena Libros
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+ Vega, Sebastián del Valle (UNC – SeCyT)
vegasebastian13@yahoo.com.ar
el viejo vega – Sebastián del Valle – (1978), Saldán. Prof. en Filosofía. Investigador adscripto en distintos proyectos de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba. Docente del Instituto Dante Alighieri, Carlos Paz. Cuenta con distintas publicaciones académicas. Publicó también poesías en verso y prosa: Retazos de lluvia (2009) y Adoquines y mandarinas (2011), Alción Editora. Actualmente está preparando Centrifuga. Ensayo. Para darte otro beso, ensayo filosófico-literario.








