LA TEMPERATURA A LA QUE EL PAPEL SE PRENDE FUEGO
El Cineclub Municipal -en el marco de su décima temporada- presenta durante agosto Fahrenheit; obra teatral inspirada en la novela Fahrenheit 451 del escritor estadounidense Ray Bradbury y en la película de Francois Truffaut, del mismo nombre.
La puesta, una idea original del escritor Daniel Salzano dirigida por Luciano Delprato, cuenta con las actuaciones del elenco del Teatro Minúsculo, acompañado por un reparto de cincuenta actores.
En esta, la cuarta reposición de la obra teatral, la acción ocupará los distintos espacios de la sede del Cineclub: desde el hall de ingreso, pasando por la Sala Mayor hasta el patio ubicado en pleno corazón de manzana. Fahrenheit propone la participación activa del espectador a través de la movilización de los asistentes por los diferentes espacios, donde experimentarán la literatura de una manera diferente.
La temperatura a la que el papel se prende fuego
Por Luciano Delprato
“Los libros están allí para recordarnos lo estúpidos que somos” dice Faber, un anciano que vive encerrado en su propia casa, prisionero de su cobardía. La misma cobardía que le impidió defender sus creencias mientras veía cómo el mundo iba arrojando alegremente las grandes obras de la literatura a una fogata, y bailando con sonrisas rígidas en los rostros iluminados por el fuego.
El Estado prohibió todo lo que nos hacia daño, primero nos prohibió fumar, luego nos prohibió los carbohidratos, más tarde nos prohibió categóricamente la soledad; manteniéndonos siempre conectados a una red virtual que subsidia la ilusión de una comunicación sin interferencias. Prohibió el ocio, que lleva a la melancolía, prohibió los parques y los jardines, que permiten que las personas y sus mentes vagabundeen, llevándolos a lugares imaginarios no regulados por ningún ente de la censura. Prohibió entonces también la imaginación. Para evitar la ansiedad que produce en el cuarto oscuro no saber a quién votar, se eliminaron las opciones políticas. Finalmente prohibió la diferencia, que lleva al sentimiento de inferioridad, que lleva a la violencia. El Estado prohibió los libros, la filosofía, la historia, el análisis político, la poesía, la ensayística, la reflexión crítica y la lucidez, que indefectiblemente nos arrastran a la angustia de no saber para qué estamos vivos.
Pero no hizo falta la fuerza, ni la imposición de un decreto o el despliegue de las fuerzas armadas, los libros desaparecieron prácticamente sin esfuerzo, nadie opuso resistencia. Bueno, casi, nadie. Un pequeño grupo de personas resiste la tiranía del bienestar impuesto por lobotomía. Para controlar este foco infeccioso, los bomberos, que antes apagaban incendios, ahora se dedican a cazar y encender en llamas a los disidentes con sus respectivas bibliotecas, cargadas de temibles opciones.
Este cuerpo de bomberos cuenta con el fervoroso apoyo de la población, que hace sus denuncias ante la mínima sospecha.
Porque sin los libros, rápidamente, los hombres olvidamos lo estúpido que somos.
Hace un tiempo ya, un gran escritor soñó este mundo para nuestro futuro. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
BRADBURY
Por Daniel Salzano
Bradbury Ray Douglas, escritor de veinte folios diarios y 85 años de edad, tiene asegurados desde ya, un par de estanterías en la biblioteca del futuro. A ver, al tun tun, abro ahora mismo uno cualquiera de sus libros, éste, Las doradas manzanas al sol, y leo el primer párrafo: “Safari en el Tiempo, S. A. Safaris completos a cualquier año del pasado. Usted elige el animal. Nosotros lo llevamos allí y usted lo mata”.
¿Qué tal?
Ray Bradbury escribió la novela más popular de su carrera – Fahrenheit 451 – en 1953, cuando tenía 33 años y sus relatos habían alcanzado un aceptable nivel de popularidad entre los lectores de los suplementos domingueros: era imaginativo, poseía un demoledor golpe de knock-out y jamás se repetía.
Estamos hablando de una época muy especial para la mayoría silenciosa norteamericana, atacada simultáneamente por una novedosa epidemia de terrores.
Miedo, por ejemplo, a la infiltración soviética, a los comunistas con barba de tres días y hambre de tres siglos que amenazaban con pudrir el árbol de la felicidad occidental y despojarte de Dios, patria y propiedad. Y miedo, además, por las incertidumbres atómicas. Para abatir al enemigo ya no hacía falta calar la bayoneta sino apretar el botón más rojo del tablero. Cinco minutos más tarde y Nueva York se habría convertido en un infierno.
Fue por eso, tal vez, que se pusieron de moda los marcianos.
Marte, el planeta rojo bolchevique, se convirtió de la noche a la mañana en la madre de todas las metáforas: polvitos magnéticos, insectos metálicos, arañas eléctricas. Los marcianos eran como calamares, pura boca y oídos, gigantones con manos de seis dedos que utilizaban para llevarse la comida a la boca dentada que se abría y cerraba a tarascadas: adelante incisivos, caninos a los lados y atrás una docena de molares. Los marcianos tenían ojos amarillos y rasgados, poseían un tono de voz engañosamente suave y musical y en el interior de su cráneo de diez centímetros de diámetro se escondían ideas peligrosas.
– ¿Qué es ese horrible ruido que se aproxima, Joe?
– ¡Son ellos, Jenny, son ellos!
Bradbury, el prolífico, es uno de los escritores más mentados en los manuales de ciencia ficción de los cincuenta, pero curiosamente se trata de un autor que no se abrió paso describiendo a los invasores de tres ojos, sino – dice Borges – advirtiendo que un domingo a la tarde en el planeta Marte podía ser tan tedioso como en cualquier pueblo del estado de Illinois. El problema, para los marcianos y para los terrestres, era cuando tenían una pistola al alcance de la mano.
Ojo con la tecnología, venía a decir por elevación el escritor en sus narraciones domingueras, verdaderos entrenamientos que le permitieron llegar en buena forma a la redacción de Fahrenheit 451, una novela ubicada en el futuro y en la cual los bomberos ya no sirven para apagar incendios sino para quemar libros. Moraleja: los libros son, llegarán a ser, los grandes enemigos del sistema.
¿Pinocho? ¿Los siete locos? ¿Ulises? ¿Naná? Al fuego, al fuego, al fuego. Cualquiera recuerda el final de la historia, cuando algunos hombres se oponen a la ideología del fuego y deciden convertirse en libros: los leen, los memorizan y luego salen a esparcir su(s) palabra(s) por el mundo.
El Cineclub Municipal rinde un homenaje a Fahrenheit 451 en vivo y en directo, con un reparto de excepción: Vladimir Nabokov, Horacio Quiroga, Miguel de Cervantes Saavedra y Lewis Carrol.
Funciones: a partir del miércoles 11 de agosto, hasta el domingo 29 de agosto.
de miércoles a domingo a las 20:00 hs — Segunda Función: Viernes y sábado a las 22:00.
Lugar: Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49)
Bono Contribución: $ 30 gral / $ 20 socios






