Reseña: «UNOS DÍAS EN CÓRDOBA»

CECI N`PAS UNE RESEÑA

Por Javier Martínez Ramacciotti

– Acerca de “Unos días en Córdoba. Diario de una muestra de Arte Contemporáneo”, Juan Terranova.

“Si es cierto que la crítica es la contrapartida del arte y en cierto modo su conciencia,
hay que reconocer que las Letras de nuestro tiempo tienen mala conciencia”
Las Flores de Tarbes. Jean Paulhan

0-No se trata de comentar ni reseñar “Unos días en Córdoba. Diario de una muestra de arte contemporáneo”, último libro de Juan Terranova. Tampoco es cuestión de comunicar mis propias convicciones respecto al arte actual y al lugar del crítico en ese circuito. Se intenta, en cambio, anotar esos fragmentos de pensamientos que surgen en el medio, entre el texto y quien lo lee, ente Terranova y yo, en ese espacio de nadie en el que ambos nos desconocemos y puede esbozarse algo nuevo. Se trata, en suma, de un ejercicio crítico.

1- No es un libro sencillo el de Terranova; por detrás del suceder amable de la crónica del evento de arte contemporáneo ¡AFUERA! hay una suerte de incomodidad de la que es necesario hacerse cargo. O al menos yo siento que es necesario hacerlo. Quizá por mi mismo lugar, por una posición como escritor, crítico y militante. Sí, de eso se trata el malestar implícito de “Unos días en Córdoba”: cómo vamos a realizar el ejercicio de la crítica sin reducirla a un engranaje más en el dispositivo político-cultura de reproducción y legitimación simbólica, pero al mismo tiempo sin protagonizar el triste papel del paranoico y su trabajo de negatividad absoluta desencarnada, idealista, abstracta. No es sencilla la pregunta; mucho menos la respuesta. Lo imprescindible de este último libro de Terranova-incluso cuando uno pueda disentir, sobre todo disintiendo– es que nos otorga fragmentos por medio de los cuales trazar el campo de la problemática, la cartografía de un campo de batalla. Y eso, humildad necesaria mediante, es ya demasiado.

1- A Terranova se lo invita para ser un testigo; lo que se requiere de él es un testimonio de una muestra de Arte Contemporáneo. De este modo, podemos observar en el comienzo del libro que el lugar de enunciación del Cronista es el lugar consignado institucionalmente, como una herencia que, al mismo tiempo que se agradece, genera un malestar; esta incomodidad del Cronista se cifra en las posibilidades o no de la distancia irónica, como si el cronista-y este es el temor- fuera siempre un espejo llevado al lado del camino que no puede más que reflejar y, al hacerlo, confirmar la consistencia y necesidad de la realidad. Sin embargo, si como dice Terranova “la ironía es una creencia resignada”– y el tono predominante del texto será irónico-, en este libro todo el espejo estará manchado y manchará lo que exhibe: la| pasión que mueve el libro es el la fe, pero una fe que es opaca.

Y es así, en este primer deslizamiento de la mirada, en la incomodidad de un Cronista Irónico, que Terranova pasará a identificarse con el lugar del crítico, homologándose esa perspectiva en un primer momento con un gesto destructivo, como un nene terrible que llega a una casa ajena para desordenarlo todo. Pero, y la duda surge inmediatamente, ¿es eso la crítica? O mejor: ¿hay casa ajena en la que el crítico sea totalmente extraño? El crítico-sugiere Terranova- quizá sólo sea alguien que sabe deslizar la mirada, apartarla: un niño que juega con el interruptor de las luces de la propia casa para desconocerla y reconocerla con las modificaciones lumínicas.

Es desde esa perspectiva de un Cronista Irónico, o la de un Crítico como mirada estrábica, que Terranova se topa (con la fuerza de ese verbo) con esa cosa llamada arte contemporáneo como quien se encuentra con el marciano de la película E.T: un extraterrestre inconmensurablemente distinto pero al mismo tiempo cansadoramente rutinario. Y es así que en el transcurso de las distintas observaciones de puestas e instalaciones, Terranova pivotea entre afectos encontrados que parecieran trazar un espacio del crítico un tanto incómodo pero irreductible en su tensión: el zigzagueo incesante entre la desidia del abúlico que “lo ha visto todo” y el imperativo del despojo continuo de las matrices y prejuicios. “Tratar con la tela pringosa del arte contemporáneo es una tarea que requiere, desde luego, cierta paciencia, pero también el abandono de los siempre seguros patrones modernos.”

2- Al acercarse al arte contemporáneo, como un etnógrafo del habla, Terranova detecta que existe Una Lengua de los artistas con su propio glosario y una lógica recursiva y entrópica: El artista “investiga”, “dialoga”, busca incentivar “la reflexión”, “fomentar debates”, generar “eventos”, proponer “situaciones”. Le interesa “jugar con la idea de” y las investigaciones a su vez son “pruebas”, “comentarios”. Así como detecta las invariantes del speech artístico, como un analista indica una familia de palabras elididas, reprimidas, en la cadena discursiva del arte contemporáneo: las palabras “Política” y “Estado” Y también como un analista, pareciera decir terranova, le toca al crítico el ejercicio de desbloqueamiento de esa| elisión, la exhibición de las complejas articulaciones entre “Estado, Arte y cultura”. Y, ya en el clímax lacaniano, al crítico le toca escenificar esos anudamientos singulares en analogía al analista: no como un operador externo sino como parte integrante de esos nudos. ¿Cuál es entonces ese acercamiento a lo político y sus cruces con el arte en el recorrido del diario de terranova?

Acercarse al campo de lo político, lo dice claramente terranova al comentar la obra “votos para una demolición”, implica asumir la lógica de la contradicción, la fuerza y el antagonismo. Y lo político en este diario pareciera asumir una polisemia que, lejos de anularlo, lo multiplica, amplía el campo de batalla (toda política es batalla) y coloca al ¡AFUERA! ahí como una obra en un escenario. Política es, a las claras, El Estado y su burocracaria, y las trabas y sus negociaciones como condición de dificultamiento de organización de la muestra “no se trata solamente de vencer la burocracia provincial a nivel de formularios y reuniones, sino que para combatir la degradación y la entropía del Estado también hay que aguantar la agresión física de sus deyecciones.”

Pero política también pareciera aludir a ese back-stage de construcción de la muestra, a el lento artesanado de las obras, a esos detrás de escenas en los que una y otra vez, compulsivamente, recae la mirada del Terranova cronista: el emplazamiento de las obras, los desafíos técnicos, el trabajo manual| sobre materiales, lo que Terranova llama “la ferretería del arte contemporáneo” Hay una obsesión en el autor de realzar las condiciones concretas de producción de la muestra, otorgarles un espesor que se transmite al mismo valor que, posteriormente, pueda tener la obra observada. Terranova, entonces, como El crítico materialista corriendo la mirada del producto y haciendo la panorámica del entramado de procesos en el interior del cual el mismo tiene sentido. Una figura que imagino: Terranova transitando por el Caraffa con El Capital de Marx bajo el brazo.

Existe también una inclinación de Terranova en “mirar al costado”; en los momentos de intervalo, en los que “el crítico” se desactiva, se ve a menudo punzado por algún detalle de la ciudad que, en un primer parecer, puede resultar anodino; y que, ciertamente, lo es pero sin que eso le reste importancia. Ya sea que mire el arreglo de la calle de su hotel, ya sea que examine el monumento a los sobrevivientes de Malvinas, o que se pregunte por la| explosión de la ambulancia del Urgencias, hay una pulsión de cartografía urbana en la mirada cronista de terranova que se acopla luego a su mirada crítica: al trazar las nervaduras y visibilidades de Córdoba, imagina una ciudad como un “ente con direccionamiento”, y al ¡AFUERA! y al crítico mismo como un movimiento más en el embrollo de esa dinámica. Nuevo desliz materialista de Terranova: el crítico necesariamente es un paisajista recursivo pintando el paisaje desde el cual pinta. En esto, felizmente, se opone al crítico abstracto, sin coordenadas ni cuerpo, mera conciencia paranoica haciendo trabajar una negatividad indeterminada sin una “existencia concreta” a la que se comprometa fielmente como una trinchera desde la que se levanta una mirada y una palabra.

3- Y es así que hay que llegar a un diagnóstico terrible pero necesario: ¿Cómo imaginar el crítico, pero también el artista y el curador, asumiendo que estamos necesariamente enredados en el interior del poder, de las instituciones, del estado? Terranova lo plantea con respecto a lo que se “puede decir” y lo que se debe callar. Es una cuestión de pragmática ético-política la que nos plantea el autor: ¿Cómo vivir juntos en el interior de una Morada-cualquiera- sin que la absoluta libertad nos aniquile pero sin que eso signifique a su vez la esclavitud consensuada ni la represión total de la palabra? Hay que practicar, nos dice, la compleja gimnasia de la auto-disciplina, la administración de lo que opinamos en vistas a mejorar la convivencia (no se trata de callar) y no destruirnos (no se trata de decirlo todo). “Cuando no existe una censura del Estado o una censura política, los problemas aparecen bajo la forma de la autocensura. Los artistas contemporáneos, tan frágiles, tan dependientes de las instituciones que los contienen, tan alejados de la permisividad obscena del mercado, saben de estos problemas. El cronista y el crítico también. No es posible decirlo todo, no tenemos las herramientas para hacerlo. Pero tampoco es conveniente intentar decirlo todo.” El crítico, nuevamente, en un entre lugar, corriendo de un polo al otro, de la permisividad obscena a la autocensura, creando, así, en ese ir y venir, un pequeño recoveco parecido a una media voz, a una mirada de un solo ojo.
En ese sentido, estando irremediablemente adentro, una buena figura del crítico puede pensarse desde el Judo: en vez de utilizar una retórica del rechazo, utilizar la fuerza del más fuerte(instituciones): hacerle trampas a estos espacios, utilizar su poder y su lugar para traficar perspectivas propias. Yo creo que Terranova podría, entonces, compartir el juicio de Fabián Casas para pensar la función incómoda pero irreductible del crítico, a su vez adentro y afuera, en los intersticios: dice Casas: “saber que estás en la Matrix pero intentar que te sea funcional. ¡Nada de lloriqueos! Creemos los medios, utilicemos los medios que ya están, abandonemos esa estupidez de que alguien nos está haciendo algo. Nadie le hace nada a nadie. O como le decía Don Juan a Castaneda: nadie le hace nada a un guerrero.”
El crítico entonces como Yudoca; o, también, a riesgo de pecar de setentista, el crítico sosteniendo una táctica entrista.

4- Volvamos al comienzo, a la obligación del cronista, con su inclinación mimética, y la voluntad crítica, con su vocación de distanciamiento. ¿Cómo vivir ese esa incomodidad? Y, además, ¿por qué hacerlo? Yo creo que se trata nuevamente de saber correr la mirada, o sostener la mirada en los deslizamientos, y hacer de esa| praxis una insistencia que interrumpa la máquina político-cultural desde la máquina misma. Entonces, dos últimas figuras del crítico.
La primer figura: el crítico como un artista de los tonos y las inflexiones es el que sabe habitar los matices; aún más, es un bordador: por medio de la mirada sesgada, estrábica, Terranova se emplea en la tarea de fabricación de bordes vertiginosos en los que se libran las batallas más intensas y se generan catálogos de contagios y traspasamientos que parecen no tener fin, hasta el punto de atreverse a deshacer el bordado y exhibir las singularidades de los finos hilos con que se teje la trama político-cultural de Córdoba en general, y del ¡AFUERA! en particular.
Segunda Figura: el crítico es un intruso, o su mirada termina siéndolo: como intruso, se introduce por fuerza, por sorpresa o por astucia; una vez que está ahí, en lugar de “naturalizarse” su llegada no cesa: él sigue llegando y ella no deja de ser en algún momento una intrusión, es decir, carece de derecho y de familiaridad, de acostumbramiento. En vez de ser una molestia, el crítico, como intruso, es una perturbación en la intimidad.

0- Rafael Cippolini se hace una pregunta en su libro “Contagiosa paranoia” que, imagino, se harán los organizadores del ¡AFUERA! y el circuito artístico contemporáneo con respecto a Terranova al terminar de leer este libro. “¿Qué hacer con un intruso agradable y seductor, incluso contagioso y deseable, y que aún constituyendo una amenaza resulta fascinante?”
Dicho de otro modo: ¿Qué hacer, en suma, con un crítico?

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+ Acerca de Javier Martínez Ramacciotti:
Nació en Córdoba, año 1985. Participó de la antología de jóvenes narradores de Córdoba Es lo que hay(Editorial Babel) y de Dieciocho. Antología de poetas hombres de córdoba (Tinta de Negros Ediciones) Ganó el primer premio del Concurso Literario El Banquete 2011, género poesía, con el libro Fondo Blanco, publicado por Alción Editora. Mantiene el blog www.noeranecesariorama.blogspot.com

Libro: Unos días en Córdoba. Diario de una muestra de Arte Contemporáneo
Autor: Juan Terranova
Editorial Nudista – Octubre 2011
www.editorialnudista.com.ar

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