SENTIR EL AIRE, MIRAR EL CIELO
Varios de los trabajos de Marcelo Díaz que conozco, publicados e inéditos, llevan en su título el nombre de una mente brillante: Las sandalias de Descartes, La sombrilla de Wittgenstein, ahora Newton. Los nombres de estos sabios colocados en los títulos son señas de la continuidad de un proyecto pero la aparición del “yo” en el título en este libro marca, a mi criterio, un cambio que celebré desde que tuve ocasión de leer los borradores. Creo que en los poemas anteriores la lectura dejaba la impresión de estar ante una maquinaria diseñada por un ingeniero astuto que ya se había ido del libro cuando el lector llegaba. En la presentación de La sobrilla de Wittgenstein, de hecho, con gran perspicacia, Guillermo Ricca señaló esto al poner de relieve que la razón de ser del libro era la puesta en funcionamiento de un procedimiento. Incluso invitaba a los lectores a jugar con ese procedimiento y aseguraba que sería divertido hacerlo y sorpresivos los resultados. La sombrilla de Wittgenstein era ante todo un artefacto, parecido a la máquina de hacer poesía en el país de las matemáticas de Los viajes de Gulliver. Había un patrón para hacer, el autor participaba en la invención de la máquina pero parecía no involucrarse en el proceso ni responsabilizarse por los resultados. Este gesto está en línea con el espíritu de las vanguardias en el sentido amplio del término, que abarca desde las ideas de Breton sobre el azar objetivo hasta la versión vernácula encarnada por Aira. Se trata de concebir al arte ante todo como un hacer que repudia las intromisiones de la subjetividad y que es una pura forma. Sobre estas cuestiones son muchos los que se han pronunciado. Saer, en una defensa de Henry James, ha mostrado cuánta subjetividad hay en el hecho de optar por el procedimiento de abolir las decisiones subjetivas durante el proceso de producción de la obra entregándose a los dictados del inconsciente. Rancière, por su parte, ha mostrado cuán falaz es la absolutización de la forma en arte presentada bajo la consigna de la “indiferencia del tema”, puesto que ninguna decisión formal es insignificante sino que es, por definición, significativa, y adquiere relevancia en la medida en que es un refuerzo formal del contenido. Lo que ha pasado en la poesía de Marcelo Díaz es que el yo se ha hecho presente, no para imponerse como centro narcisista, sino para asumirse como condición inevitable desde la cual el tema de su libro es enfocado y los procedimientos discursivos puestos en funcionamiento.
Me gustaría decir algo sobre el procedimiento principal del libro, sin por ello dejar de referirme a lo que sucede en el plano del contenido. Antes una aclaración: todas las cavilaciones y elucubraciones, anotaciones e ideas que tenía sobre el libro quedaron prácticamente inutilizadas después de leer el prólogo de María Teresa Andruetto. Todo lo que hubiese querido decir está allí dicho de modo preciso, conciso y precioso. De todas maneras, a modo de contrapunto, voy a ver si lo puedo contradecir, en algún momento, algún sentido.
Comencemos:
En el último poema del libro, que es el que le da título al conjunto, hay una síntesis de las dos esferas que se presentan. “Newton” y “yo”. Newton no es la persona de Isaac Newton, es una figura retórica, es una sinécdoque. Newton nos reenvía a todo lo que se relaciona con él en nuestra cultura, fundamentalmente, al hecho de que fue quien descubrió y describió el sistema que rige nuestro mundo. Por otro lado, está el “yo”. Entran en juego, entonces, dos escalas distintas: la del cosmos y la de lo humano. El procedimiento principal del libro sería las diversas relaciones que se establecen entre estos dos planos: analogías, contrastes, asimilaciones, con-fusiones parciales.
Ejemplo:
Satélites
Para el ojo del astrónomo
somos pequeñas gotas que caen en la tierra
desde un cielo ladeado en sus extremos
y para el ojo de los seres queridos
brillan los paneles de los satélites.
No sé explicarlo: es un candado de luz
ahogando la materia oscura.
El ojo del astrónomo que ve las personas como gotas y el ojo de los seres queridos que ven los satélites brillando en la inmensidad del espacio. La nimiedad de lo humano se hace muy patente al entrar en contraste con las dimensiones cósmicas.
Otro movimiento característico es ubicarse en uno de esos dos planos, el cósmico o el doméstico, podríamos llamarlos (o el universal y el personal), e ir de uno a otro, por ejemplo de lo macro a lo micro como en “El astronauta”:
En la madrugada las estrellas y las ecuaciones
tejen la red de una araña negra
que mastica los huesos de la noche.
Sobre la escuela volaba un avión comercial
que dejaba una cicatriz de humo en el cielo
y dije: “yo quiero ser Neil Amstrong”.
En el guardapolvo llevaba un mapa de ruta para salir de la atmósfera
y dibujar otro barrio en el cosmos
pero los recuerdos felices funcionan
como recuerdos felices:
ahora ensayo pasos de astronauta
para cruzar la calle.
El cielo y las estrellas, el avión comercial como elemento mediador y luego el “yo quiero ser Neil Amstrong”. De la luna al bolsillo del guardapolvo, el mapa como segundo elemento de transición entre las dos esferas, el micro y el macrocosmos. Pero acá abajo también se da la fusión de los dos planos, la aparición de un elemento del plano cósmico en el plano doméstico o viceversa, casi siempre integrando este elemento “anómalo” de modo metafórico y generando ambigüedad. En este caso pasos de astronauta para cruzar la calle.
Hay poemas en los que se parte de lo sublunar, de lo que pasa en la superficie de la tierra, en el ámbito doméstico, pero se lo expresa en términos galácticos, apelando también a elementos de la infancia ligados al imaginario de la ciencia ficción y los cómics:
Nosotros
Era verano,
en la superficie de la familia llovían meteoritos.
Íbamos en auto de vacaciones
y el ruido de una pinchadura desató el temporal.
No conocía la criptonita
pero aún así era un millón de veces
más débil que Clark Kent.
Papá lloraba por teléfono;
fue cuando dejamos
un corazón astillado por el polvo lunar
en una playa de estacionamiento.
La expresión la “superficie de la familia” expresa lo doméstico en términos planetarios, igual que cuando el paso de una ambulancia es equiparado a un cometa y el movimiento de las personas se expresa en términos de “ejercicios de rotación”, usualmente aplicado al movimiento de los planetas.
También se dice que “Por un instante el planeta es una estación de servicio” y se habla de “los músculos del planeta” en el poema “Ecografías”: ¿porque el cuerpo es un microcosmos, un planeta él también o porque el planeta está personificado?
Ayer mi doctor le hizo una ecografía al tiempo
y es como si la gravedad y la entropía
hubiesen hecho casa en el movimiento
de los músculos del planeta.
Esta analogía entre las personas y los cuerpos celestes o los planetas es permanente en el libro y se hace visible en textos como “La mañana”:
Le gané por cansancio a la felicidad,
horas y horas practicando el ejercicio del abandono,
como quien se deshace de una piedra que carga a sus espaldas.
El azar quiso que me encontrara en esta pieza,
es mentira que la escritura nos salva.
Mi infancia fue un país extraño y sin sol,
señal de que soy un desconocido,
una forma incompleta
alrededor de una experiencia imposible.
Quien habla aquí es presentado en los términos de un cuerpo celeste, una “forma” que orbita en torno a una experiencia cuyo núcleo es inaccesible.
Del poema “El planeta” tomo un verso que es una instancia metapoética, una declaración acerca del sentido de todo el despliegue de comparaciones, analogías y metáforas que ligan elementos del universo con el plano subjetivo. Lo que viene antes son intentos de establecer analogías para expresar algo, y entonces aparece la frase: “Busco una analogía para decir que no necesito otra oportunidad”. Antes también se había dado a entender que se utilizaría una metáfora para tratar de comunicar algo para lo cual no se encontraban las palabras, es en el poema “Satélites”: “No sé explicarlo: es un candado de luz /ahogando la materia oscura”.
En el poema siguiente, “Miles de años luz”, se apela a otra metáfora:
La estrella más cercana
es un pájaro fuera de órbita
que choca contra la bóveda celeste
dejando restos de sombras.
La única metáfora que me queda:
“el pájaro abre su boca
y los sonidos se atascan en el poema”.
Decir “la única metáfora que me queda” es como decir estoy desplegando todos los recursos retóricos de que dispongo, hago todo lo posible para decir lo que quiero decir.
Y siguiendo con al serie de comparaciones y equiparaciones, la analogía más poderosa en el poema “Newton y yo”. Un planeta=una persona.
En cada hombre, comprimida,
hay una descarga universal
del tamaño de un planeta.
En la lectura de MTA se señala desde el inicio que la arquitectura del libro supone un ir y venir entre “nuestro pequeño mundo” y la “nada a la que nos repliega el universo”. Y puntualiza: “La fuente de la que manan las palabras es la de una batalla contra el sinsentido, contra el vacío y la nada que amenaza en todas partes”. En otro momento vuelve a poner de relieve el problema del sentido: “El universo tan lleno de vacío y la vida de cada uno de nosotros tan necesitada de sentido”.
Una mirada a través del telescopio pone al ojo humano en contacto con lo infinito existiendo por fuera de cualquier patrón humano, sometido a las leyes de una física que conocemos de manera limitada. Las estrellas se extinguen, los meteoritos chocan contra los planetas, los soles se consumen, los gases se congelan o se ionizan y nada de eso tiene razón de ser, es solo materia transformándose con absoluta indiferencia de la humanidad. Y así se lo expresa en un poema: “La expansión de la materia oscura/ es un hecho/ en el que no puedo intervenir”. Es decir que esas transformaciones no obedecen a una intención, no tienen sentido.
Dos veces en el libro figura la palabra sentido:
En “Telescopio”:
Delante
los sordos ruidos de las fórmulas
se estrellan contra los sentidos del astrónomo.
Aquí se trata de los sentidos que permiten la percepción y la comprensión, son estos sentidos los que se estrellan, es decir que fallan en la atribución de significado sobre las fórmulas que examina.
La segunda vez que aparece esta palabra es en “Newton y yo”.
La manzana que cayó
durante la siesta de Newton
descansa en mis manos
como un agujero negro hambriento de sentidos.
Por supuesto que aquí el hambre de sentidos indica una carencia, una falta, denota un sinsentido, como había dicho MTA. Sin embargo creo que la falta de sentido no es algo, en el libro, contra lo que se batalle. No hay una pelea por darle, buscarle, atribuirle un sentido al universo. Atribuirle una significación equivaldría a negar el mundo, a transformarlo en indicador de otra cosa que no es, por ejemplo tomarlo, como hace la religión, como el resultado de un plan divino. En ese sentido, darle un sentido al mundo sería cerrar los ojos ante él o cubrirlo con un manto, sería, en una palabra, mentirse.
Así lo expresa Jean-Luc Nancy:
“Para la (…) la filosofía y para el arte (…) siempre es cuestión de (…) de mantenerse de frente al eclipse, de frente a la síncopa o de frente al hundimiento de sentido. Lo cual también se dice: de cara a la verdad”. Es decir, la verdad es que el mundo, la luz de una estrella muerta que vemos o la detención de nuestro corazón, no tienen sentido. Pero, y aquí cito a Nancy para contrapesar las palabras de MTA, “esa falta misma no constituye un estado de privación del cual habría que exigir y asegurar la supresión. Esa falta es falta de nada. De nada: es decir, de ninguna cosa de la cual habría que lamentar su ausencia, por lo tanto ninguna cosa de la cual habría que colmar su ausencia para consumar nuestro ser o nuestra humanidad. Nada le falta a nuestro ser: la falta de sentido dado es más bien lo que lo consuma. Nada le falta al mundo: el mundo es la totalidad y la totalidad se consuma en tanto lo abierto, en cuanto la no-totalización de lo abierto. En ese sentido el ser-existente del mundo es infinito, en el registro de un infinito actual y no potencial. El ser es la actualidad infinita de lo finito. Su acto –existir- no depende de nada y no ha de progresar para consumarse. (…) Lo que para sí no depende de nada es un absoluto. Lo que no consuma nada en sí mismo es un destello. El ser o la existencia es un desello absoluto”.
Curiosamente, a propósito del destello, en los dos poemas en los cuales aparece la palabra sentido hay una mención al cometa:
“La muerte de los cometas cabe en su núcleo”. (“Newton y yo”), dice uno; y
“Todos vamos a parar al lomo de un cometa,
de una u otra manera,
es nuestro destino”.(“Telescopio”).
Es decir, el cometa contiene en sí mismo, en su núcleo, en su ser, como la más asequible de todas sus posibilidades, la posibilidad de su extinción. Además ¿ir a bordo de un cometa, estar en su lomo, no es también ir a bordo de una ambulancia, es decir cruzar hacia la muerte ante otros que todavía están vivos, como un destello? Antes de extinguirse, el cometa es un destello absoluto, materia insignificante cuyo único sentido es la dirección que lo lleva a consumirse. También él, como nosotros, es destello absoluto.
Ahora, ¿cómo soportar, o afrontar, la verdad, el hecho irremediable de la extinción insignificante de la existencia de todo lo que puebla el mundo? En el libro de Nancy que estoy citando hay un apartado titulado “Pena. Sufrimiento. Desgracia”. Se inicia así: “La pena y el sufrimiento comienzan con la existencia, terminan con ella, y este fin da pena y sufrimiento a aquellas y aquellos que sobreviven”.
Sin embargo no se trata por ello de caer en el nihilismo ni en la desesperación, como tampoco de buscar un o el sentido que nos dé la felicidad (ya decía uno de los poemas que un recuerdo feliz es un recuerdo y que es inútil pretender absolutizar ese pasado feliz). Entonces: no se trata ni de batallar para revertir la falta de sentido ni de caer en la indiferencia o el cinismo, se trata de darle a la escritura la tarea de tratar el mundo y la existencia como algo que tiene un valor en sí. Nada nos puede hundir en la mentira de una felicidad perdurable, nada nos puede quitar el dolor de la finitud, nada puede evitar la celebración de lo existente mientras duramos.
El verso que dice: “no necesito otra oportunidad” condensa lo anterior y expresa en síntesis todos estos pasajes de poemas que cito, para terminar, más o menos libremente: es cierto que la infancia no fue feliz aunque hay recuerdos de momentos felices, es cierto que el mundo de los superhéroes es una vana ilusión, que somos cuerpos frágiles, que el lenguaje apenas disimula el orden natural del desencuentro, que es un puro azar que estemos acá en este momento, que levantarse por la mañana y desayunar no tiene ningún significado trascendental, ningún sentido externo pero es lo único que podemos hacer: ponernos el gorro, salir a correr, sentir el aire, mirar el cielo, abrir nuestros sentidos, sentir el mundo, entrar en el sentido del mundo.
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Libro: Newton y Yo
Autor: Marcelo Díaz
Editorial Nudista – Agosto 2011
www.editorialnudista.com.ar







