Reseña: “AVENIDA DE MAYO”

ONCE POEMAS PARA SER LEÍDOS EN EL AVIÓN

Por Guillermo Lescano

Acerca de “Avenida de Mayo”, de Silvio Mattoni

Hay libros de viajes como los de Marco Polo, como los de Gulliver. Hay poesía de viajes y poetas viajeros, como Blaise Cendrars, Paul Morand, Valery Larbaud. El viaje como movimiento, como rotación, como elemento indispensable del ciclo de la vida. Los “viajes” y su resultado en libros me obligan a pensarlos como un subgénero de la poesía que es siempre una sola. Pero sabemos que la poesía tiene diversas realizaciones y hay una idea que la rige o debe regirla, incluso como negación: el canon. Poemas recientes de Silvio Mattoni evocan lo anterior. Desde este punto no es difícil llegar a Rubén Darío… y a toda una constelación de jóvenes poetas que, a comienzos del siglo XX, cruzaron el charco. En barco. Como inmigrantes invertidos. Lo hicieron para pintar el mundo con estampas, con rápidas pinceladas retóricas. Metáfora y referente, referente y metáfora.

He empezado a garrapatear estas líneas en el aeropuerto de Lima. Diversas fallas en las conexiones me han demorado en Córdoba. Luego, larga espera en Lima. Estoy varado con el deseo de llegar rápido a México. Harto e impaciente, he empezado a leer un poemario que me obsequió Silvio Mattoni y que se llama Avenida de Mayo. De las asociaciones que hago mientras leo y espero, brota una más que obvia: el Ismaelillo de Martí. Luego diré por qué.

 

Avenida de Mayo es un poemario de viajes de Silvio Mattoni. De entrada me cuestiono la legitimidad de la palabra “poemario”, una no muy eufónica palabreja con el significado de lo colectivo. También, como lo acabo de sugerir, la idea de una poesía de viajes resulta anacrónica. No importa. Que queden consignados los términos a falta de otros más adecuados. Ocurre que, en un avión, no es cosa fácil lograr que broten palabras más seductoras de mi arcón de palabra vetustas. La idea de la vida, la imagen de la fecundación la encuentro repetida en varios momentos. Por lo pronto, en el epígrafe figura la palabra “soplo”. Facultad divina, facultad que fecunda, que da vida. Pero el poeta en trance viajero no sabe cuál es la naturaleza de ese ser fecundado. Se formula una larga interrogante sin respuesta que quiere dejar constancia de que ha nacido el hijo a causa del soplo.

La vida de la vida, la vida anterior de un mundo anterior. A ese antes comúnmente le llamamos amor. Si nos parece excesivo, entonces queda la pasión, recordada con asombro: “Y me llevaste por la noche a tu rincón” (…), “un estudio prestado”. Son líneas del poema llamado “Número”, con un algo baudelaireano en su concepción urbana y callejera. Como una anunciación, todos los caminos conducen a Galileo, invento, arriesgo, mientras leo y disfruto del erotismo sutil de los textos, apenas esbozado, apenas dicho.

Una digresión: me pregunto, mientras vuelo con destino al DF: ¿por qué Silvio escribió “cayendosé”, así como se ve, con ese acento final, como queriendo ser una palabra del cordobés básico? Pierdo el tiempo pensando en Filloy hasta que de repente aparece el nombre del hijo varón: Galileo.

Usualmente se diría: Galileo es un chico encantador, un lindo chico. Desde muy pequeño manifiesta su ansia y su curiosidad viajera, una herencia de esos antiguos poetas viajeros que tal vez arbitrariamente mencioné líneas arriba. Galileo contundentemente dice: “A casa no”. Es una invitación a embarcarse, es la propuesta de dar un salto al vacío, o al aire, sin protección… Es una zambullida en el país de la aventura, un sumergirse en lo desconocido. Este es el misterio de los viajes. Nos arrojan a la fantasía y nos abren posibilidades infinitas de conocimiento. Así, las “cosas” del mundo están “referenciadas”. Por medio de flashes. Ejemplo de “cosa referenciada” por medio de un flash informativo: de golpe, sin quererlo, aparece este detalle: se consigna que el parabrisas del coche tiene mugre… Con que no es un viaje en tren, con que no es el transiberiano de Cendrars o de Paul Morand… Algo de posmoderno tenía que tener este poemario. Algo más intangible que la suciedad del parabrisas es esta imagen que dura una brizna de tiempo: “Los instantes en que te dabas vuelta y te reías mirándome seguirte”. Es una recuperación, como digo, de fracciones de segundo, guardadas para siempre. Es la captura del instante, como insistía Octavio Paz.

Sigo en mi vuelo al DF, sigo con mi lectura. Todo libro es un encuentro. Es el encuentro con lo uno que es uno y el encuentro con lo otro que es el otro. El que escribe encuentra a otros que escriben. En algún lugar del paseo Silvio y Galileo se tropiezan con lo que en México llamamos una librería de viejo. Rescata, de un montón de volúmenes, un libro de poesía, un libro “saldeado” (esta es una expresión que, quiero suponer, le ha gustado a Silvio, como aquel “cayendosé” del cordobés básico contemporáneo). ¿No será el deseo inconsciente de que la poesía también pueda venderse en baratas, en ofertas y que la gente aprovecha con ansia consumista, para conseguir muchos, incontables poemarios? Pensamiento surgido en un instante de locura. Es algo que no va a ocurrir nunca. Pido a los dioses del aire que mi vuelo por LAN no se sobresalte. Melancólicamente dice lo mismo en otro registro: “la plaza es un desierto sin árboles”. De repente, la gran revelación espacial: aparece “la estatua erecta de la soberanía”, ironía que finalmente cumple con la situación, somos seres situados. Es el obelisco. Ya estamos en el espacio de la gran ciudad. Y me regocijo, con el avión que devora kilómetros en clave de monotonía, con la emergencia (qué palabra tan estúpida, ¿para qué la uso?) de una imagen con sabor ultraísta: “se despereza el edificio de un banco en una esquina” (¿No parece una estampa de los años veinte?).

Hemos llegado Silvio, Galileo y yo (de colado) a Buenos Aires, sí. Procedemos de Córdoba, sí. Pero a diferencia de los poetas viajeros vanguardistas y modernistas, que “referenciaban” bastante, este viaje tiene otros senderos que conducen a deleitosos jardines. Es un viaje al interior de mí mismo, le hago decir a Silvio. Reflexiona, inventando que Galileo es su interlocutor racional: “cuando tengas mi edad yo estaré muy probablemente muerto”. Mientas fuma espera. Mientras espera dice que un día todo eso que me mueve el piso, Galileo, todo eso y aquello que me conmociona, será un libro, como Ismael, el hijo de Martí, que se hizo un libro llamado Ismaelillo.

El viaje se continúa en Montevideo. Quiero suponer que incluye una parte académica. Dice que dicta sentencias, que explica contextos, que sitúa. Se refiere con simpatía a esa tierra de Quiroga y de Felisberto. Se refiere a cuentos inventados por poetas. Es la otra orilla. Es la banda oriental. Es sólo una banda. Más allá de la identidad de la referencia, dictamina serenamente: “…pero los personajes de unos relatos, los trayectos en verso de ciertos nombres seguirán reproduciéndose como si un aparato viviente los dictara en más y más oídos”.

Se ha internado en un sendero bifurcado. Así, sin perder el sentido del viaje, retorna al sendero maestro, el académico le cede la primacía al ser que disfruta lo cotidiano y desde ese lugar surge la evocación un poco sensual, un poco coqueta: “Perseguía a las chicas por la calle ya sólo con la vista, aunque a veces les daba alcance, sobre todo si aspiraban a lo imposible de escribir”.

La máxima aventura, claro, es la que empieza con uno mismo, como he dicho. Vuelvo al deseo de ser un libro, a ese algún día soñado…Se hace nítida una obsesión, la de que flota “el soplo etéreo de la embriaguez”, escribe en uno de los once poemas, llamado “Fragmento órfico”. Consigno que es la segunda referencia al soplo. “Soy el soplo que nunca se detiene y hace romper los círculos de agua”, remata en la playa uruguaya. “¿No parece un sueño que me llamen ´padre´?”…Pregunta formulada con una mezcla de orgullo y emoción. “Las olas se fascinan con las palabras y aparentan ser una expresión del fondo más oscuro de la retórica del mar”.

Ya he llegado a México. Me quedo con la retórica del mar, con la retórica del soplo divino. Me quedo con la imagen de un hombre que cruza una calle muy transitada, tal vez la Avenida de Mayo porque tiene varios carriles y un camellón en medio. Lejos del centro, tal vez, porque se ven muchos árboles. Veo a un hombre con remera roja y a un niño con remerita estampada con una S de Superman sobre un azul intenso. Son Silvio y Galileo que cruzan el umbral del deseo. En algún momento preferí dejarlos solos (ya dije que he llegado a México), al fin y al cabo los sueños realizados en libro no me hacían indispensable.

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Foto: Juan Cruz Sánchez Delgado

Libro: Avenida de Mayo
Autor: Silvio Mattoni
Editorial Nudista – Diciembre 2012

http://www.editorialnudista.com.ar

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