Crónica: BAFICI 2013

EL BAFICI DE LOS MIL MILLONES DE TERABYTES DE HISTORIA

Por Lucas Moreno
 

Decidí ir al BAFICI dos días antes de su apertura. Le conté este exabrupto hormonal a mi jefe y me dijo que las acreditaciones cerraron hace un mes. Pero que vaya igual, que no me preocupe por la programación, que escriba sobre el clima, la atmósfera. Algo así.

Ir a un festival de cine sin ver cine me pareció excesivo y quise sacar entradas por Internet. En la página oficial hay que registrarse. Después activan un cronómetro en cuenta regresiva. Si a los minutos no se termina la compra on-line, todo lo que está en el carrito desaparece.

Cuenta regresiva bruta y perversa, considerando que uno quiere armar una grilla coherente, sin pisar funciones, midiendo la distancia de los complejos, eligiendo cosas interesantes. No compré nada por Internet, aunque varias películas tuviesen un amenazante cartelito gris asegurando haber agotado sus entradas. Mentira. Te hacen creer que las entradas están agotadas para sembrar la angustia del consumo. No contemplan la capacidad total de la sala; dejan butacas vacías para una prensa fantasma o entradas de cortesía. Los acreditados no van y los corteses tampoco. Con insistencia, las chicas del BAFICI te hacen entrar gratis o se pasa clandestinamente.

Llegué a Buenos Aires con un vuelo retrasado y me perdí la apertura. Fui directo al hotel, donde me prometieron un gimnasio. Al registrarme, me avisan que el gimnasio no funciona. Antes de entrar a la habitación pedí verlo: las máquinas estaban amortajadas con plástico negro y las paredes tenían boquetes. Daba la sensación de que esa remodelación había caído en el olvido hace años.
Mi obsesión por un gimnasio no era puramente narcisista. Quien haya asistido a un festival de cine, sabe que la vida sedentaria es fulminante y la alimentación termina siendo a base de Big Mac. Al menos ése fue mi caso: diez días de McDonald’s y pizza en calle Corrientes. Engordé 5 kilos y actualmente trato de bajarlos.

A la mañana siguiente busqué un programa que promocionaba orgulloso 400 películas. Un cinéfilo autoexigente debería mirar 40 películas diarias. Me concentré en el cine argentino y armé una grilla de películas nacionales, estén o no en competencia. Le puse dos adjetivos al BAFICI: fraterno y contemporáneo.

La voracidad que induce un festival es una obra maestra del conductismo. Al principio pretendía ver dos películas por jornada como protección ciática y cervical. Pero pasan los días y uno cree que todo ese cine está en peligro de extinción. Dupliqué las funciones. Ver cuatro películas diarias genera una borrachera intelectual. Terminada la jornada perduran escenas dignas, como las epifanías de una fiesta desquiciada. Confusión que, al menos, sirve para resguardar impresiones fuertes y olvidar el resto.
El espectador compulsivo de festivales también se asemeja a Cristo: soporta humillaciones hasta encontrar una película que redima los pecados de cien cineastas. Fe y festivales son indisociables. La función de los premios es cambiar el misticismo del público por la ciencia de un jurado.

Cuando el mongolismo cinéfilo termina aparece una revelación espeluznante o tranquilizadora: las películas no importaron. Son demasiadas, infinitas, insignificantes. El festival valió por su folclore, su movimiento, su ornamentación. La indigestión cinematográfica dificulta discriminar qué cayó bien o mal. Pero uno recuerda con nitidez la sede central, el colectivo 67, el subte A, las fiestas con Jorguito Porcel haciendo el ridículo, el spot oficial antes de cada proyección, afirmando que el BAFICI es “mil millones de terabytes de historia”. Ese mismo spot concluye con una toma que provocaba la Vergüenza Universal Absoluta: una quinceañera soplando las velitas. Ese spot es seguido por los cortos institucionales de Trapero, unos trámites fílmicos delictivos, infames e indefendibles.

Se recuerda con cariño los comentarios post-función, entronizando películas o destrozándolas, porque el juicio demente, persecución estética y fascista, es parte substancial del juego festivalero.

También perduran las charlas con los directores. Seres ordinarios y frágiles obligados a debatir con una audiencia que recién sale del relato y aún no decanta lo que ha visto.

La presencia de los directores quizás sea el valor agregado clave de un festival. El director, a diferencia de su película, tiene aura. Los actores, vomitados del proyector a la realidad, también. Todos apuestan su destino ante la mirada del público y el trueno del jurado. Pasión mórbida, similar a la exposición de un reality. Encima en el catálogo del BAFICI ofrecen los datos del director, hasta su celular personal, como para darle ánimos con un mensajito si la película no fue aplaudida con suficiente fervor. Confieso que mensajié al director de un corto buenísimo y me respondió de inmediato: “Lucas, muchas gracias! Me alegra en medio de tantos nervios. Abrazo.”

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