Reseña: “MAR DE CAPITU”

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LA TRADUCCIÓN: UNA VIDA

Por Javier Martínez Ramacciotti

– Sobre el lanzamiento de la colección “Mar de Capitu” de La Sofía Cartonera –

“No hay aprendiz que no sea egiptólogo de algo”
Gilles Deleuze

Una nueva Editorial es algo saludable; una colección dentro de una editorial es una apuesta que debe rescatarse y replicarse ya que implica la idea fuerte de un catálogo diversificado; y una colección anclada en la traducción de literatura brasilera es algo que ya lisa y llanamente debe celebrarse con caipirinha y sambando hasta que las piernas sean dos hilos mojados. Aunque ahora mientras escribo no tengo caipirinha, y menos que menos ando dando vergüenza ante el intento de esa incomprensible gimnasia del cuerpo que algunos llaman “bailar” pero que en mi caso jamás podría ser denominado de ese modos, celebro con gran optimismo la nueva apuesta de La Sofía Cartonera llamada “Colección Mar de Capitu” y que inicia su aparición pública con cuatro hermosos libros, todos lo suficientemente diferentes entre sí como para justificar su publicación. Se trata de dos libros de relatos- Recortes del Hannah de Cristhiano Aguiar y Castilho Hernandez, el cantante y su soledad de Sidney Rocha-, un poemario- El pretexto para todos mis vicios de Heitor Ferraz Mello- y un último libro híbrido que contiene una pieza dramatúrgica, un relato compuesto del montaje de pequeñas instantáneas narrativas y un poema- Revoltijo de Verónica Stigger-

Aunque, como escribimos anteriormente, los cuatro libros actualizan opciones estéticas y horizontes temáticos lo suficientemente heterogéneos, podemos afirmar, sin embargo, que algo como un hilo común los atraviesa y los anuda con la colección Mar de Capitu misma, a saber: la traducción. El poemario de Ferraz Mello, el cual traza similitudes muy marcadas con ese espectro estético que conformó lo que se llamó “el neo-objetivismo de la poesía de los 90” en argentina, indaga en el litigio que una conciencia en pesquisa fenomenológica entabla con el mundo de los objetos, de las cosas y la luz en todas sus variantes, y el esfuerzo y la danza en la que se internan las palabras y las cosas en su intento de labrar algún mínimo acuerdo para traducir lo que no es propio de un reino en el otro. Los libros de Aguiar y Rocha, por su parte, penetran la incomprensible comedia humana que se convierte cualquier intento de comprensión intersubjetiva- o incluso, la autocomprensión, el descubrimiento de sí- cuando se posa la lupa de la literatura en los pequeños actos cotidianos de (des)encuentros; “los otros” serán siempre un material plegado de historias que ni aún en la más íntima de las situaciones- un encierro en un ascensor, el departamento compartido- seremos capaces de develar del todo, e incluso uno mismo- como el caso de Castilho Hernandez-, si decide buscarse para reflotar en la superficie puede llegar a soluciones radicalmente fantásticas por las que el “yo” se enrarece y se convierte, como cualquier otro, en un extraño: dicho de otro modo, así como las cosas y los objetos en Ferraz Mello, en Rocha y Aguiar las personas son jeroglíficos que desafían a la interpretación infinita, a una paciente e incansable labor de traductores. Por último, el libro de Verónica Stigger es en sí mismo un artefacto en cuya estructura se juega la colisión de lenguajes heterogéneos y una clave de intra-interpretación, clave que desconocemos y desconoceremos, y en cuyo desconocimiento se juega la circularidad interminable de traducción interna: la dramaturgia leída por el relato, el relato por el poema, el poema por la dramaturgia, y así. De algún modo, los cuatro libros ponen en escena la traducción como una actividad que no compete a una técnica ni a una disciplina específica y escindida del resto de las labores de lo viviente; por el contrario, parecieran querer decirnos que entre vivir y traducir hay una continuidad que no puede disimularse, y eso porque la vida es una emergencia incansable de mundos y reinos de naturaleza y dinámicas diferentes que, no obstante, chocan y se encuentran una y otra vez, y deben por lo tanto labrar espacios en los cuales sus signos respectivos tramen alianzas que no instituyan dominio sino, todo lo contrario, simpatías inéditas, resonancias tanto más hermosas cuanto que no comparten partituras. Todo viviente es un traductor; todo viviente es asaltado por los jeroglíficos del mundo y por ello debe traducirlos. Pero falta algo, porque entre la irrupción del signo extranjero y la traducción hay un elemento que hace de bisagra entre esas dos instancias: el deseo o- no hay porqué tener miedo a esa palabra- el amor. Amable es aquello que está al mismo tiempo expuesto y amurallado, parafraseando a Agamben que parafraseaba a su vez a Blanchot que parafraseaba a Bataille y Margueritte Duras, y así de parafraseo en parafraseo, de traducción en traducción. Todo viviente es un traductor en la misma medida en que todo viviente es un amante, es decir, alguien solicitado por la llamada oscura de un placer por venir desde las entrañas de unos signos que se aparecen absolutamente expuestos así como radicalmente amurallados. Los cuatro libros exhiben lo mismo: mundos compuestos por seres extraños los unos a los otros intentando infructuosamente comprenderse, una y otra vez, hasta encontrar que la clave de esa pulsión repetitiva no es tanto “comprender”( significar, asimilar, volverlo igual), sino amar, es decir, trazar un vínculo azaroso entre dos extranjeros que no necesitan compartir nada para estar juntos, ahí, en la belleza de una mudez que coincide con el punto donde toda lengua está por hablar verdaderamente por primera vez; porque, ¿no es el resultado del encuentro de los vivientes-traductores, impulsados por el amor a lo que viene de lejos, un canto en soledad armado con el revoltijo de los recortes de lenguas distintas y que no importa tanto por lo que dice sino como un pretexto para todos los vicios que son resumibles acaso en uno solo, es decir, en el vicio más viejo de todos: vivir juntos y en comunidad? ¿Y no es eso cada uno de estos libros, y la literatura misma, y con ella esta colección?

Benjamin escribía por ahí que la más importante experiencia de la traducción no es tanto aprehender un contenido o significado, importar un pack semántico de una lengua a la otra, sino la constatación de “la traductibilidad” misma; lo crucial es que las lenguas están desde siempre abiertas unas a las otras, incluso antes de su traducción. Las lenguas, las personas, las cosas, el mundo y sus infinitos accidentes, todo está atravesado transversalmente por una traductibilidad general. Eso no implica que compartan algo o que pierdan un ápice de sus mutuas extranjerías; conlleva, sí, una responsabilidad y una ética: estar a la altura de la traductibilidad general es realizar, ahí donde se dé, espacios que faciliten y encaucen el entrecruzamiento de lo diverso, la afinidad de lo distante, la simpatía de lo incongruente, el enlace de las lenguas de Babel. La Colección Mar de Capitu está a la altura de esa ética en la que la traducción es más que una técnica u oficio, incluso más que un trabajo de importación cultural o mestizaje simbólico: la traducción es, acá, una forma-de-vida, acaso la más fundamental de todas, aquella sin la cual no habría, justamente, vida en común.

Ahora sí, celebremos con caipirinha; ahora sí, me puedo poner a bailar.

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+ acerca de Javier Martínez Ramacciotti:
Nació en Córdoba, 1985. Participó de las antologías de jóvenes narradores Es lo que hay y Los nuevos, ambas editadas por Babel, y de Dieciocho. Antología de poetas hombres de Córdoba (Tinta de Negro Ediciones). Ganó el Primer premio del Concurso Literario El Banquete 2011 y fue seleccionado también con el primer premio del II Concurso Nacional de Poesía “Taller Latinoamericano de Poesía Fundación Pablo Neruda 2012” Publicó: Fondo Blanco (Alción, 2011), Papá-Oso (La Sofía Cartonera, 2013) y Alto Mediodía (Llanto de Mudo, 2014) y participó de los libros colectivos de ensayos: La Obstinación de la escritura (Postales Japonesas, 2013) y Violencia y Método. De lecturas y críticas (Letranómada, 2014). Es editor de la Revista Digital Caja Muda: www.revistacajamuda.com.ar

Fecha de presentación: Jueves 7 de Agosto  ::  19:30 hs.,
Lugar: Museo de Antropología de la FFyH (Hipólito Yrigoyen 174)
Entrada Libre y Gratuita

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