Editorial: “UNA CASA DE VIENTO”

RESEÑA DE LA ANTOLOGÍA DE OSVALDO BOSSI

Andi Nachon

Casa de viento: este lugar sin espacio ni tierra propia. Más precisamente, sin papeles de propiedad posible. Pero casa y por lo tanto: sitio claro de pertenencia. Desde su título, esta selección de la obra de Osvaldo Bossi, brinda una clave para acercarse a su poética. Y la metáfora opera en tanto llave y también, como toma de partido. Casi como quien dice: es aquí donde planto mi bandera.

En más de veinte años de escritura y con siete libros que maravillan por su factura luminosa, Bossi plantea un decir riguroso. Partiendo Del coyote al correcaminos hasta Ni la noche ni el frío, nunca nada está demás, cada verso sucede con tanta naturalidad y precisión que pareciera caer en su justo lugar. Cincelarlo. Como un viento que sopla porque su esencia le exige soplar. Así en Calabozos:

Nunca leí a Cesare Pavese
pero en tu boca hallé
restos de semen de otro.
Por cosas así
uno a veces consigue su libertad.
Pero yo, simplemente
encontré un compañero de celda.

Esta forma despojada del decir pareciera ser causada por las urgencias que la palabra enfrenta: los movimientos del deseo, y sus cataclismos, son una marca constante en esta poética.   Ante esas formas del estallido –una bomba de tiempo instalada en el corazón–, cada verso reacciona aferrándose a una respiración contenida que conforma los poemas.  Ese hálito como el único sitio donde pareciera posible afrontar incertidumbres, ansias y búsquedas de algunas respuestas, aunque sean momentáneas.

Este viento entonces alienta una pasión que en oportunidades arrasa, o a veces alivia, pero que siempre define y se define en tanto movimiento inaprensible. Y así irrumpe: “No hay cosa que no tiemble / al compás de algún desatinado movimiento.” O: “No conozco otra naturaleza / sino la de esos suaves empellones / que hacen girar, en una interminable danza / este mundo.

Esa misma movilidad impulsa y deviene en cambios de máscaras: un tomar las voces de otros para rastrear a través de ellas diversas zonas del deseo. Así, será Hamlet quien afirme: “El cuerpo acariciado es lo único real / lo demás es perderse / como en un sueño y cerrar los ojos.”

Entonces, una voz capaz de cambiar de yo. Su reino es este territorio signado por las premuras de querer verse a través de los ojos del otro. Quiero mirarme como él me ve, clama incansable el Coyote. Por eso su respiración –aliento y fraseo en el poema– delimitan el arrebato: una pérdida de sí a veces anhelada y otras padecida, ese extrañamiento del “mire donde mire soy otro”.

Si bien todo deseo impone su ley y su arbitrio, el amor de “un hombre que ama a otro hombre” instala una disrupción y establece su emplazamiento a  partir de un margen que no es posible omitir. Desde ese punto de vista, la poética de Bossi se redimensiona y cobra su relieve político. Políticas del cuerpo y sus deseos, la saga del niño que descubre el amor en los brazos de un muchacho, espacios donde la palabra brinda destellos a otras formas de ser, a otras posibilidades del goce y también, a sus tristezas. De esta manera, lo vital es resignificado por la experiencia del encuentro en el otro, esa experiencia metamorfoseada una y otra vez en el poema que va a la caza de lo inatrapable. Así, esa evocación del niño sostenida ferozmente: “Para mi bien o para mi mal / cerré los ojos y pensé / que si el mundo entero reventaba / finalmente por los cuatro costados / no tendría la menor importancia.”

Y en este fragmento de “El muchacho de los helados” se hace patente cierta potencia característica. El mestizaje entre un cuidado lirismo y el tono cotidiano que irrumpe para anclar los poemas en determinados entornos: casas de la periferia, rutinas de sopa y camas deshechas. Híbrido capaz de una extraña belleza que en su campo de enunciación integra distintas materias. El príncipe Hamlet y también los encuentros clandestinos en un descampado, la camioneta destartalada, el colchón compartido o la homofobia beligerante del algún primo. Una epopeya de chicos malos que se entregan desde la frontera al amor y ante el abismo dan el salto, porque “lo que una vez empezó / empieza cada vez, / sin que redoblen los tambores / ni el cielo se abra”.

Con ese ademán extiende sus dominios esta Casa de viento: nada pueril o frívolo tiene lugar en ella. Las dichas y desdichas del cuerpo son sacras. Por eso, a las caídas por lo imposible, las suceden ciertas formas de la calma iluminada “allí donde el mundo termina, y uno sigue”. Tal vez porque se vuelve necesario “Pensar, a cierta hora, que una palabra puede ser / un puente, y pensarlo seriamente.”

Entonces, una lírica revolucionaria que en su constancia se ha atrevido a mirar de frente las injusticias del mundo, pararse ante ellas y atreverse al intento de aprehender un amor capaz de multiplicarse a toda velocidad. Porque amor y poética convocan en la escritura de Bossi el mismo desafío: un dar oído y voz a esa persistencia terca, / luminosa, que no se rinde y / todo lo contrario: se eleva / una vez más, como si no quedara / otra cosa que hacer / frente al paso del tiempo. Esta patria extienden los poemas de Osvaldo, sus mecánicas del paraíso. Pertenencia que, indudablemente, ya ha ganado su lugar propio en el vendaval que es nuestra poesía. Sí, una Casa de Viento alza en estos poemas su bandera, un territorio aún más inmenso que los bellísimos poemas que la contienen.

________________________________________________

Libro: Casa de Viento
Autor: Osvaldo Bossi
Editorial Nudista – Mayo 2011
www.editorialnudista.com.ar

Si te interesa este artículo, podés compartirlo:

Compartir en Facebook Compartir en Twitter

Sobre admin