VIAJE AL PARAÍSO DE LOS OLVIDADOS
Por Martín Filipic
Puede que esta sea una crónica en la que cada oración sea más pecaminosa que la anterior. Sí, parece un pecado relatar algo que sólo puede entenderse estando allí, cuando el fuego crece. En el intento de rememorar un evento cuya carga emocional toma por asalto para siempre los espíritus, algunas fracciones de belleza pueden ser olvidadas. Pero, para limpiarnos ese sucio sentimiento de quien peca, esbozamos estas líneas con la humilde intención de exaltar la mancomunión única entre esas almas en eterno peregrinaje, conocidas como “Las Bandas”, y Patricio Rey, su Dios Pagano.
El mar de desangelados atraviesa muy lentamente la boca del lobo. Una oscura carretera en cuyas banquinas descansan los buses que, pegados unos a otros, forman dos interminables víboras de metal de al menos cinco kilómetros de largo, es el acceso al predio que por un día se convierte en el Paraíso de los Olvidados. En las calles paralelas, de tierra arcillosa y que con el paso acelerado de quien quiere llegar lo antes posible se eleva y enturbia el aire, hacen lo propio los autos que fueron ingresando a Junín durante todo el día. El autódromo Eusebio Marcilla es el lugar elegido para la Misa.
Los fieles vinieron de TODAS las provincias del país e inclusive de Uruguay y Chile. La cifra de presentes es difícil de calcular, pero podemos decir que un número coherente -y aceptado por todos- es de 100 mil personas. La multitud que peregrinó hasta Junín en busca de los cada vez más lejanos vestigios de Patricio Rey ya no insiste tanto con su reclamo de siempre, es decir, la a soñada reunión del dúo compositivo redondo, lo cual es virtualmente imposible. El propio Indio definió como “traición” lo que hubo en el medio de la pelea con Skay Beilinson y Negra Poli por el material audiovisual de los shows de Racing 1998 y River 2000, entre otros. Alguien que habla poco, que mide en detalle sus palabras y que sabe perfectamente el impacto que tienen, no suelta un término así a no ser que no quiera volver jamás de esa ruptura. Por el otro lado, Skay vive, con razón, “el único tiempo que tenemos, el presente”.
El frío se hace sentir en esa ruta oscura copada por los puestos de chori, paty, birra y fernet, que salvan el año en unas horas. Los celulares no funcionan, la señal es débil, y por momentos no se ve nada. En cuanto unos se alejan algunos metros de sus compañeros, se pierden y es casi imposible volver a encontrarse hasta una vez terminado el show. Desde el precario acceso al autódromo hasta el sector donde se ubica el escenario aún hay que caminar al menos unos 500 metros más, aunque en este tramo de tierra en suspensión hay algo de luz.
La organización no es la mejor que digamos, pero a pesar de todo, el ingreso al predio es ordenado y en paz, a pesar de los incidentes de siempre cuando los sin entrada embaten contra el acceso, añorando quizá la época en la que una vez empezado el show entraban todos. Estas manchas no son nada comparadas con las batallas campales de otrora, que convirtieron a los recitales de Los Redondos en eventos bélico-musicales, para el espurio placer de los todavía nuevos canales de noticias. Ahora las misas son pacíficas, ya no está latente ese uniformado y hambriento enemigo que quería apagar con sangre el fuego ricotero. Hoy la policía no va a los recitales del Indio a reprimir ni a querer enderezar a los patéticos viajantes que sin entrada -pero con la inquebrantable fe en su dios pagano- desafiaban cualquier norma para estar ahí.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (en agosto se cumplieron diez años de su último show, que fue acá en Córdoba) son hoy el principal referente del misticismo de un movimiento riquísimo como es el rock nacional. Esa mística, tan intangible pero presente a la vez, se agiganta ante la condición que tienen Los Redondos de banda que ya no hay forma de volver a ver (como Sumo, por ejemplo), y aquellos que sí la vieron en directo extrañan cada vez más e influyen en los miles y miles de entusiastas jóvenes que encuentran en los shows de Solari esa épica ricotera, ese peregrinar eterno, aunque en un entorno social actual muy diferente al de los noventa.
La marea humana hierve cuando las llamas copan las pantallas gigantes del escenario y suena la estridente intro de Todos a Los Botes. El Indio ya está frente a la masa, y la espera por ver su cuarto show en dos años termina.
El sonido, es impecable, más allá de las lógicas complicaciones que presenta un lugar totalmente abierto e inmenso. La banda, aceitada, sólida, absolutamente a la altura de las circunstancias impresiona por su fluidez y despliegue. Es un lujo ver a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado (Marcelo Torres en bajo, Martín Carrizo en batería, Baltasar Comotto y Gaspar Benegas en guitarra y Hernán Aramberri en percusión y programaciones -el único ex Redondos-) detrás de ese enorme poeta que ha sabido, quizá sin entender del todo cómo, cautivar a tantos jóvenes de distinta procedencia geográfica y social.
Clásicos rocanroleros como Nadie Es Perfecto, Ñam Fri Frufi Fali Fru, Mariposa Pontiac/Rock del País, se mezclaron con el vértigo de Yo Caníbal, la nostalgia de La Hija del Fletero y la crudeza de los riffs –y el relato- de La Murga de la Virgencita, donde Solari aprovechó para pedir: “Cuidemos a las pibitas del barrio, la prostitución es una decisión de adultos”.
Cuando suenan los temas de los discos solistas del Indio la banda levanta vuelo al mismo tiempo que el público baja de golpe su adrenalínico sentir. Aún cuando brillan canciones como Black Russian, Ceremonia en La Tormenta y Pabellón Séptimo, sólo un acorde de cualquier tema de Los Redondos inyecta agite en la masa y la temperatura vuelve a nivel fiebre.
El final se acerca, y con él, el Pogo más grande del Universo. La emoción, esta vez sin bengalas, de Juguetes Perdidos da paso a la euforia de Ji Ji Ji, y así, con 100 mil personas en pleno baile-catarsis, comienza el final de una nueva peregrinación ricotera. Pasarán unas cuantas horas hasta que cada uno encuentre el vehículo que lo trajo. “Cuídense a la vuelta, manejen los que están sobrios, y cuidemos esta ciudad que nos abrió sus puertas”, pidió en un gesto paternal el propio Indio.
La próxima cita es (falta la confirmación oficial aún), el 3 de diciembre en Tandil, ciudad que supo recibir a Los Redondos en 1997 tras la recordada prohibición de su show en Olavarría. La cita será en el hipódromo tandilense, donde Solari tocó en julio de 2008 y noviembre de 2010 y todo fue mucho más cómodo a la hora de entrar y salir del predio y en lo que a organización en general se refiere. Quizá el autódromo de Junín no fue la mejor elección para un evento tan masivo y que literalmente revoluciona el lugar donde se realice.
Muchos seguían por la ciudad cuando el sol había ocultado ya a esa pequeña luna cobriza que se dejó ver todo el show y mostró los restos de la misa, millones de huellas cansadas de tanto caminar en las calles de tierra y miles de botellas tiradas sobre la ruta. Con el correr del domingo, Junín, una ciudad de 80 mil habitantes que durante 24 horas vio duplicada su población, volvió a su tranquilo ritmo habitual, pero con una noche de Infierno Encantador marcada a fuego en su historia.
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** Indio Solari **
Sábado 3 de Septiembre – Autódromo de Junin (Buenos Aires)







Excelente crónica!