A BRILLAR, MI AMOR
El universo de la noche y las criaturas que lo habitan dan atmósfera al conjunto de poemas al que Osvaldo Bossi intitula “Chicos malos”.
Estos textos se construyen desde la perspectiva de un testigo privilegiado que, sin pertenecer naturalmente a ese mundo, lejos de demonizarlo, censurarlo o denostarlo, muy por el contrario, lo resemantiza, lo exalta y se lo apropia, bajo la única luz capaz de convertir a cualquier situación, por más sórdida o banal que sea, en un acontecimiento maravilloso: el amor.
Así, el amor para el poeta no es otra cosa que “una linterna de juguete” que, sabe bien, tarde o temprano se apagará, agotado. De todos modos, eso no es lo importante para él sino aquello que, en su limitada duración, esa lucecita hermosa y precaria es capaz de mostrarle.
De allí que el tono de los textos sea el de una constante celebración de todos los momentos compartidos con el amado, el de una necesidad de disfrute máximo del presente y de lo que cada hora le ofrece, ya sea una pila de remeras para lavar, la visión de una tormenta apocalíptica o de una foto familiar, una cumbia de Karina bailada con una prostituta, un diálogo bizarro con un dealer que se postula para personaje literario –y quien, de paso, consigue su propósito sin saberlo–, un brindis “por la amistad”, de madrugada, entre una pandilla de pibes borrachos…
Aun así, aunque quiera ignorarlo, extraviado como está dentro de la felicidad del vértigo de su derroche, el amante nunca pierde de vista el hecho de que detrás de la última puerta lo está esperando el tiempo, “el único y verdadero chico malo en toda esta historia”.
Como ocurría en la tragedia griega –en la que el acontecimiento patético se desarrollaba fuera de escena, lejos de la vista del público–, no es que el poeta ignore la pérdida, o que no pueda vislumbrar el ocaso del amor como algo que sobrevendrá fatalmente, sino que decide, con una voluntad deliberada, que el dolor no ocupe el primer plano del texto. Esta idea, que atraviesa el corpus, se explicita con mayor evidencia en el poema “Cuando la fiebre se termine”, que se sitúa emocionalmente en el momento posterior al de la herida abierta, al de la carne viva del desamor. Aquí el poeta abrió la mano, soltó al amado, y ahora se va, como si se tomara un avión, ligero de todo el equipaje tortuoso, porque parte con “muy pocos recuerdos y ninguno estremecedor”. Entonces el amado se convierte en otra persona, y el amante ya no mira hacia atrás.
Habiendo hablado tanto del amor, advierto que es en el último poema en donde está la clave fundamental, la cifra de la totalidad, la visión final de algo que sobrevuela los textos, pero que aumenta su sentido en este cierre: el signo de la real naturaleza del vínculo que existe entre el poeta y el muchacho, entre este Dante que desciende al Infierno de la mano de un Virgilio guarro, vago y desenfadado, pero, por lo mismo, infinitamente hermoso para él, porque desde el principio es claro que este es un Dante que no busca a Beatriz.
Así ese muchacho, que es el amado, es llamado “amigo” por el poeta, y esta es una doble naturaleza, inclusiva, pero privada, porque es algo que ninguno de los dos puede explicitar, poner en palabras, aunque esté siempre a la vista de todos. El hecho de que ellos sean amantes es algo velado, algo que de todas maneras no le interesa al entorno que, por otra parte, minimiza el dato o lo suprime ya que, como dice el poeta, “ni yo pregunto nada, ni ellos preguntan”.
De todos modos, la cuestión del nombre de su vínculo no es un asunto menor, puesto que, para que algo exista en el mundo, tiene que ser nombrado. Pero lo que acontece entre el poeta y el muchacho es algo que no puede nombrarse: “Hay un secreto que no se ve./ Hay un misterio que las palabras/ intentan, pero no pueden, revelar”. Entonces, aunque exista ese vínculo, y aunque ellos dos lo sepan, es una relación a la que atraviesa el silencio. Es algo que se calla, siempre, algo que sólo se dice en la intimidad de los cuerpos.
Como no hay evidencia verbal alguna, como se llaman mutuamente “amigos”, resulta natural que los muchachos incluyan al poeta en la mesa y le palmeen la espalda mientras le sirven la cerveza –“con espuma”–, o que la prostituta lo saque a bailar y hasta lo bese en la boca, franqueando así un límite físico que no atravesaría si supiera el secreto.
En todo este contexto de los camaradas de la noche y de los bares, el único que sabe la verdad es el dealer. Acostumbrado como está a observar el tablero desde la posición de un jugador con experiencia, advierte inmediatamente en el poeta la presencia de una pieza, extraña y extranjera, ya que proviene de otro juego de ajedrez. De allí el interés inusitado que le despierta su persona, de allí que se dé cuenta de que el poeta no es adicto más que a ese chico al que sigue incansablemente, como un perro a su amo, al punto de que hasta lo acompaña a comprar droga.
En un ejercicio de máximo despojo emocional, en una confesión extrema, el poeta llega a admitir que ni él mismo sabe qué es lo que lo une a ese muchacho, ni cuáles son los límites reales de ese sentimiento, inclasificable e inconfesable, ya que, cuando ese chico lo llama por teléfono para decirle que lo quiere, en un primer momento asume que le está confesando su amor, pero inmediatamente retrocede y admite, con una lucidez abrumadora y algo desencantada en el fondo: “Pero ¿de qué amor estoy hablando?/ Dijiste que me querías./ Que me querías, sólo eso”.
Creo que más allá del silencio que soporta, desde su propia constitución, el vínculo particular que une a estos amantes, la trascendencia universal del texto está en su sentido gozoso: el amor es un feliz presente y mientras dura, mientras nos da una tregua el chico malo del tiempo, la miseria del mundo se transfigura, muta en belleza, y todo brilla exaltado bajo su luz magnífica.
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Libro: “Chicos Malos”
Autor: Osvaldo Bossi
Editorial Conejos – 2012








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