Entrevista: VÍCTOR TOTY CÁCERES

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ENTREVISTA CON EL AUTOR

Por Javier Quintá

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— ¿Cómo nació el proyecto de un Fotolibro con retratos y textos?

En principio ambos oficios parecían ir por caminos paralelos. No empecé a sacar fotos buscando entrecruzamientos, pero a la larga sería una cuestión inevitable. La verdad es que toda mi vida quise ser ilustrador, pero no pude. No hice el esfuerzo, no lo sabía del todo, o lo sabía pero me ganó la pereza.

Solía dibujar caricaturas y electrodomésticos, pero lo mío en ese terreno siempre fue muy elemental. Por eso me incliné a la literatura, a la composición de dibujos a través de las palabras. Pero luego mis escritos resultaron un terreno propicio para que los ilustraran artistas como Sebastian Carignano, Gabriela Aiziczon, Carina Cervigni, entre otros. Lo cierto es que hasta la fecha ninguno de mis libros ha podido justificarse sin un metalenguaje de ilustración, lo que demuestra claramente que las plumas aún no vencieron a los pinceles, al menos en mis fantasías y búsquedas estéticas.

Tuve épocas de admiración por Giger, Chichoni, Luis Royo, Yerka… supongo que en el abismo y la distancia he recibido algún tipo de estímulo.

Por fortuna, un día descubrí que la fotografía podía ser el oficio capaz de brindarme una base gráfica precisa como para animarme a dibujar. Se trataba, al fin de cuentas, de contornos que debía rellenar con mis fantasías de elementos, colores y texturas (como libritos infantiles para pintar).

En este campo que exige de la prueba y el error, mi encanto por el trabajo de “fotomanipulación” de Francesco Sambo fue definitivo. A esto se sumó mi vocación por el retrato, por el claroscuro de Caravaggio, por las manos y miradas de Guayasamín, mi fascinación por Goya, Velázquez, Brueghel… Por la fotografía de Lee Jeffries y por esos mundos marginales en los que yo también he sido alguien.

— Ya venías trabajando en tus libros anteriores la fusión de imágenes y poesía, contame un poco en qué se distingue este nuevo libro.

Este será el primer libro que escribo y además ilustro. Durante un par de años estuve trabajando sobre un conjunto de textos que tenía la idea de publicar con la misma modalidad que mis libros anteriores: invitar a un ilustrador amigo, generar una producción conjunta, una presentación con entretenimientos digitales, lo habitual. Pero no ocurrió de esa manera, el texto quedaba momentáneamente suspendido mientras una rara tendencia a la fotografía comenzaba a absorber todos mis intereses. Ya con un número significativo de retratos, se me ocurrió retomar el antiguo texto y trabajar en un posible maridaje. Fue así como un libro de literatura ilustrado con retratos se convirtió en un libro de retratos recreados con literatura, a la manera de “principios y pensamientos que rigen mi vida”. La fuerza de los retratos publicados eclipsan las palabras. La imagen tiene la cualidad de ser directa y honesta, instantánea. Abordar un texto requiere un poco más de esfuerzo, un tiempo diferente de digestión… creo que con este libro he pasado de ser “un tipo retorcido” a ser “un tipo perturbado”, esa es la diferencia fundamental, además del desafío editorial, por supuesto!, dado lo complejo de imprimir fotografías con alta calidad, lo que también exigió muchísimo trabajo y compromiso por parte de la Editorial (Recovecos), la agencia de diseño (Arkhé) y del centro de publicaciones (Gráfica del Sur). El resultado superó todas las expectativas.

— ¿Por qué, por qué fotografías y por qué retratos? El libro contiene retratos de gente anónima, pero también de gente reconocida en el medio, ¿alguna razón?

El género de retratos es fascinante por su versatilidad y accesibilidad. No soy un tipo de viajar, no me conmuevo con los paisajes, no soy muy costumbrista ni me interesan las estéticas de los detalles insignificantes y efímeros de la vida, asunto muy destacable en algunas tendencias de la fotografía y la literatura actual. Tengo una especial inclinación hacia el arte clásico, clásico en un sentido muy general, y en especial hacia todo lo existencialmente cargado y oscuro, incluso en la ilustración actual no dejo de buscar aquella solemnidad y grandilocuencia de los “viejos” de la pintura. No sé, quizás soy un poco anticuado, me atrae el arte donde además de la inspiración o el acto performático puede apreciarse la rigurosidad técnica… a contrapelo de las tendencias más despojadas, minimalistas y menos atadas a la demostración técnica.

Un rostro puede ser un paisaje, la cifra de un destino, el testimonio de la muerte que habita en la vida, el paso del tiempo, el dolor de existir y la ambición de eternidad: “memento mori, recuerda que no eres un Dios, recuerda que vas a morir”, esa son las marcas que intento imprimir en cada uno de mis retratos, y que finalmente no son más que un constante reflejo de mi mismo. Nada de fotoperiodismo, nada de naturalismo, nada de haiku, mi política óptica no es higienista, es intervencionista, lo mío es más bien retórica óptica, iconografía espiritual, golpe de martillo, fotomanipulación. ¿La fotografía? La fotografía no sé, la fotografía es otra cosa…

Y que sean retratos de gente más o menos conocida es una accidente de la amistad, y es una circunstancia que vos reconozcas a alguien, porque la realidad es que en el fondo son todos autorretratos.

— ¿Qué placer encontrás en el trabajo con las imágenes? ¿Qué te permite que no te permite la poesía?

La fotografía y la poesía son dos formas de una misma necesidad: arreglármelas con la diaria, sobrevivir. Durante toda mi vida me he sentido como perdido en la búsqueda. Necesito expresarme, aquí es la fotomanipulación, la poesía, allá en el consultorio, la publicidad, el teatro o la locución… todo parte de un mismo proyecto, y cada cosa cumple un papel en función del momento y sobre todo del grado de aburrimiento.

— Qué sos, ¿toty? ¿psicólogo? ¿publicista? ¿locutor? ¿músico? ¿poeta? ¿escritor? ¿padre? ¿gestor? ¿buen tipo? ¿sos el Facundo Arana cordobés…?

Un poco de todo eso, y no por polifacético, sino por desorientado; todavía estoy buscando mi verdadera vocación, creo que la de místico me sienta bien. Y yo soy más lindo que Arana… (que Hugo Arana).

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