Editorial: “ANIMALITOS EXPRESIVOS”

“Animalitos expresivos”

Sobre “Apache”, de Sonia Budassi

“Saltan Bermúdez y el sol.
Foul de Bermúdez”
(Vicente Luy)

En una mañana de agosto del año pasado viajamos con Sonia Budassi (Bahía Blanca, 1978) en colectivo a Cuesta Blanca. Era domingo, recuerdo que parecíamos todavía dormidos y que la conversación era interrumpida por el paisaje. Recuerdo que en un momento Sonia nos contó de su proyecto de entrevistar a Tevez. Cuanto más escuchábamos, más inmenso, distante parecía el planeta-fútbol del que Sonia hablaba. Era como si nos estuviese contando hermosas mentiras, como si hubiese empezado a fabular mientras el paisaje desaparecía de las ventanas. Unos meses después llegó el mundial, toda la furia y la contemplación repetitiva que ya han sido olvidadas, y el libro de Budassi acerca del mundo de los jugadores o de las sombra de los jugadores o de la sombra de los que miran y rodean a los jugadores: “Apache, en busca de Carlos Tevez” (Tamariscos, 2010).

El libro puede ser entendido como lo que es, es decir, como la crónica divertida y con mucho suspense de una entrevista a Tevez (frustrante y anecdótica, como suelen ser las entrevistas a deportistas, y a la que se le ha sacado todo el jugo posible). O puede ser entendido como lo que no es, digamos, el retrato de un fantasma hecho por una princesa.

“Apache”, de Budassi, es, además, una especie de teatro de marionetas. Se nos habla acerca del modo en que unos pocos muñecos (los jugadores) son protegidos y glorificados por miles y miles de otros muñecos (los no jugadores) quienes reciben información de la gloria de aquellos gracias a la actividad de otros tantos miles de muñecos (periodistas, comerciantes, empresarios, directivos, mafiosos). Lo importante acá no es quién maneja a quién, quién “tiene los hilos”, ni por cuánta plata, sino el carácter maquinal, entre ridículo, natural y casi inhumano de la cuestión. Esto aparece en todos los muñecos que nos presenta Budassi, pero sobre todo en el muñeco-héroe principal: Carlos Tevez. “Que se parece a Cuasimodo”, según dicen. Cuya barba es “tan simétrica y perfecta que parece pintada”, escribe Budassi. Que (ocasionalmente) golpea pelotitas de tenis “como un espantapájaros”, que juega un fútbol-tenis junto a sus compañeros y parecen “playmobils”, “dibujos animados”, “muñequitos que se escaparon de un metegol”, “liliputienses”. Imágenes o nombres del imaginario fútbol-mediático convertidos a través de la escritura-maleficio en enanos de fábula pateando una pelota de fábula. Marionetas, títeres que aumentan y disminuyen de tamaño (de acuerdo a sus performances, de acuerdo a la prensa), muñecos que cambian de forma. Pero que siguen siendo “juguetes”, juguetes que atan y que son atados, al borde de algo gigante cuyo nombre no sabemos y cuyo poder reconocemos porque no podemos dejar de observarlo.

Cómo cuando íbamos al zoológico. Es que “Apache”, de Budassi, puede ser entendido, también, como un tratado de zoología. Cuando ella escribe sobre lo que ve, cuando recuerda lo que ha visto, cuando anota, parece no sólo ver ese mundo de los juguetes, sino también animales. Como Noé en la barca, Budassi procede al inventario: por momentos Tevez es un pony coqueto y hábil (un “pequeño pony”, medio cuerpo en cada mundo), por momentos “un caballo percherón”, “un canguro que salta de club en club”, “un ciervo perseguido que se va subiendo al auto”. En una parte se acerca “con la contundencia de un elefante y ojos de búho”. Parecería que Budassi no es sutil para decirnos que Tevez es un animal. El problema es que no es sólo Tevez. Los otros jugadores son galgos, rubios pura sangre, los periodistas son bueyes amontonados y brutales, uno tiene panza de sapo, todos son fieras, al que gestiona la relación entre unas especies y otras no se lo llama “agente de prensa”, sino “águila cansada, panza de tortuga”. Así, todos en ese mundo son bestias, todos son un zoológico ambulante. Quizás esto sea una condenación, quizás el juicio apenas oculto, lleno de distancia y desdén sea: “Ninguno merece ser salvado”. Es decir: el libro de Budassi sería la observación que, desde un barco, una capitana hace de una selva, al viejo estilo Mr. Sarmiento. Pero quizás no haya tal condenación, sino sólo una marca de asombro y de distancia, o una puesta en escena de esa mirada, como si se nos recordara que aquellos paseos por el zoológico para encontrarse con lo “salvaje encerrado” han cambiado de lugar. “Lo verde” está en otro lado. El paisaje y los animales ya no importan. La fauna en la que nos reflejamos vive en otra parte.

Los animales, lejanos. Los juguetes, tan divertidos y tan vacíos a la vez. Y Budassi entrometida entre “ellos”, rodeada de “ellos”, como “una outsider”. Sin embargo, toda la distancia que esto implica se ve alterada desde el momento inicial en que intuimos que “Apache” también puede (y debe) ser entendido como una novela romántica. Lo que cuenta esa novela es el encuentro y desencuentro entre una muñeca y su muñeco. Entre la entrevistadora y el objeto de su pasión. Entre una princesa y su fantasma. Sí, claro, Tevez es descrito como un animal, como una marioneta ocurrente (Chirolita!), pero además es elevado por sobre el resto: las palabras de Budassi parecen tocarlo, intentar (de manera imposible), delinear sus contornos. Definirlo. Poseerlo: “Ver la puerta abrirse y al pony maravilloso, lento, avanzar”, o “…viste, como el resto, el uniforme de entrenamiento oficial. Pero ningún otro jugador usa chancletas con medias blancas como está usando él. Tiene las piernas depiladas…”. Al igual que Kill Bill, donde se escondía una declaración (acto) de amor entre Tarantino y su musa, “Apache” es un libro que, bajo la irónica fachada de “civilización” vs “barbarie” se esconde el relato acerca del deseo, del objeto de deseo (imposible) y de su lenta, irreversible y obvia difuminación. Es allí está uno de los mejores momentos del texto: una noche de lluvia, el colectivo con la selección, dos fans mojadas, y Tevez o el fantasma de lo que puede parecerse a Tevez mirando desde un cristal empañado la figura mojada de la entrevistadora, o quizás viendo otra cosa, o quizás, otra vez, borrándose, desapareciendo, deshaciéndose de nuevo, escapando, corriendo. Justamente eso que insinúa la tapa del libro: Tevez pateando una pelota que ya no está, Tevez (la figura de Tevez) hecha de moléculas o esferas, como en aquellas pinturas de las moléculas de Gala.

“Apache” de Budassi puede ser entendido, por tanto, como la crónica de una entrevista (frustrante) a la que se le ha sacado todo el jugo posible. Puede ser entendido como un teatro de marionetas, como un tratado de zoología, puede y debe ser entendido como una novela romántica, y en ese encuentro entre un tipo de relato y otro, entre un tipo de obra y otra es que debemos recordar también que “Apache” es una crónica y que, como todas las buenas crónicas (y todas las buenas obras), trata sobre lo inconmensurable. Aquello respecto de lo cual ni el lenguaje ni la experiencia ni el lenguaje de la experiencia ni el idioma de la literatura están ni pueden estar a la altura, sino, solamente, indicándolo, contemplándolo, a medias extasiados, a medias agobiados por ello. Enojada (harta) de los periodistas deportivos, sus cuerpos y sus relatos, Budassi señala: “dan como datos sensaciones que son incomprobables”.

Enfrentada y distanciada, al fin y al cabo, no respecto de los muñecos ni de los animales ni de los deportistas ni del amor, sino de esos relatores que se pegan a las cosas, que se olvidan de la hermosa y abismal distancia entre las palabras que nombran al jugador y el jugador que actúa bajo el peso de la palabra que lo nombra, como si llevara una etiqueta que lo persigue y lo distingue.

Pablo Natale

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