CIUDAD ETÉREA
Por Raúl Sansica
Director Festival – Danza Contemporánea “Pulso Urbano”
¿Existe un ámbito para el arte y otro para la cotidianeidad?, ¿no es la cultura una pertenencia a un todo?, ¿se puede escindir el universo de lo diario de la creación artística?, ¿puede la belleza de la danza convivir con la fealdad de los baches, de las baldosas sueltas y la incomodidad general de la urbe?. Quizás no tengamos las respuestas para esas preguntas, pero es probable que la mayoría coincidamos en la creencia de que la realidad de los ciudadanos y de los artistas no reviste diferencias y que el espacio de representación es solo una convención significativa.
En el proceso de exploración que implica la realización de un hecho escénico, el espacio se constituye como uno de los ejes transversales. Las formas de utilización de ese espacio escénico, acompaña la propuesta estética y la resignifica de alguna manera. Cuando el espacio es la ciudad en la que vivimos, es inevitable la identificación y los sentimientos de pertenencia que surgen de quien participa como espectador.
Este sentimiento de pertenencia con un escenario que convive con quien se expresa artísticamente, posibilita una relación diferente entre quienes miran y quienes se expresan en una comunión de intereses que es el espacio compartido.
Lo público aparece así como una escenografía viviente, los detalles arquitectónicos se recuperan para la mirada, alguien percibe de otra manera la calle de su casa, de su trabajo, de su rutina. La danza se convierte en una etérea realidad que sobrevuela por la ciudad y se acerca para devolverle la magia que el trajinar diario ha disimulado.
Se produce una cercanía entre lo etéreo y lo cotidiano, una cercanía que hace accesible lo artístico a la comunidad en su conjunto.
Cuando surge desde la organización de un festival de esta naturaleza, las preguntas sobre su pertinencia y los motivos que lo originan, inmediatamente aparece la noción del espectador transitorio. Es el espectador espontáneo, el que quizás no sería capaz por sus prácticas habituales de asistir a un espectáculo de este tipo, pero que queda subyugado por el entrecruzamiento del entorno con lo artístico y detiene su paso para dar respuesta a una necesidad que quizás estaba adormecida pero latente. Junto al espectador, reaparece la ciudad como ese entorno silencioso que dice cómo somos y cómo pensamos, pero a la que pocas veces escuchamos y que vuelve a nosotros de otra manera.
De este modo, el festival desacraliza estamentos que han permanecido durante años como diferenciados para posibilitar la visibilidad de la danza, proponiendo un encuentro entre ambos.
La difusión de la actividad se acompaña de un servicio a la comunidad. Se da respuesta así, en un solo acto, a inquietudes de diferentes sectores llevando al mundo de lo cotidiano la belleza de la danza y sus movimientos.
Vale la pena el instante, el minuto del encuentro, la trasformación de nuestro aturdimiento diario en pausa y disfrute.






