ME DICEN ERNESTO, ME LLAMO JUAN
Y ME RECORDARÁN COMO OSCAR
Infancia Clandestina es un caso clínico perfecto para reflexionar sobre la dictadura del cine de dictadura.
Temática sagrada. La ambición cultural de Benjamín Ávila revela una inteligencia maligna: la década del 70 sufrida por un hijo de guerrilleros, que encima es él mismo. ¿Quién se atreve a cuestionar esto? Perspectiva tan valiosa que se exportó a Hollywood.
En absoluto es una película suprema. Su cajón estético es la mediocridad, aunque sin resaltar la amargura del término. Al contrario, Infancia Clandestina propone reivindicar lo mediocre como parche armonioso.
Relato cursi y llevadero, de vicios poéticos, locuras tibias y mensajes trazados con fibrón naranja. Todo efectivo y violento. Desaparición infame de la ambigüedad. Un chico mira a una compañera bailando en cámara lenta y se enamora. El personaje más amistoso explota, literalmente. Desfila la foto de un primer beso como ícono del film. Miles de planos detalle redescubren el mundo porque nos focalizamos en un niño. Una maestra enseña que Colón trajo la civilización y media hora después los alumnos están disfrazados de indiecitos. La paz narrativa es ametrallada por escenas oníricas. Se descontrola la puesta en escena con pasajes resueltos en cómic… Acumulación de curiosidades que hacen de Infancia Clandestina una película seductora y mentirosa. Parece revolucionaria y ésa es la magia de su mediocridad.
La osadía poética no interviene en la narrativa, simplemente la decora. Las metáforas están mal encuadradas; cada truco de Ávila es un desfasaje videoclipero ansioso por mostrar un acontecimiento artístico. Su virtud está en la síntesis, en el átomo de la historia. Cuando la familia montonera queda de trasfondo, el peso dramático cae sobre el chico, un genio actoral. Sus aventuras son tan básicas como interesantes. Con una identidad falsa hace amigos, se pone de novio y pelea contra padres estresados. Cuando Ávila se olvida de retratar a Natalia Oreiro como heroína trágica, cuando la solemnidad de la revolución no se puntualiza y nadie llora, cuando el director de fotografía no ilumina con tanto verde, cuando los chicos festejan un cumpleaños o se van de campamento, asoma una película concentrada.
Es solidario juzgar a Infancia Clandestina desde una mediocridad feliz. Su núcleo es atractivo y su periferia un desastre. Al omitir este pastiche accidentado, el espectador promedio vivirá cada derrape como una maravilla audiovisual. Y entonces sí, Infancia Clandestina se convierte en la película dictatorial sensible y reflexiva.
De ganar el Oscar, ¿le robará Natalia Oreiro el micrófono a Benjamín Ávila para gritar “a comeeeeerla”?
Calificación: 2,5 morenaux
_____________________________
Título: Infancia Clandestina
Año: 2012
País: Argentina, Brasil, España
Duración: 112 min.
Dirección: Benjamín Ávila
Guión: Marcelo Muller, Benajmín Ávila
Producción: Luis Puenzo, Benajmín Ávila, Cristian Izzi
Intérpretes: Ernesto Alterio, Natalia Oreiro, César Troncoso, Teo Gutiérrez, Cristina Banegas, Douglas Simon
Dirección de Fotografía: Iván Gierasinchuk
Dirección de Arte: Yamila Fontán, Ludmila Fincic
Sonido: Fernando Soldevilla
Música: Pedro Onetto, Marta Roca Alonso
Montaje: Gusavo Giani







