Reseña: «LA PLENITUD»

EL AMOR A LA MINÚSCULA ENTRAÑA DE LAS COSAS CALLADAS

Por Javier Martínez Ramacciotti

– Sobre “La plenitud” de Claudia Masin

Todo es lenguaje, ninguna cosa existe sin símbolo, cada gemido que raspa nuestra garganta y pareciera hendirnos la piel rojiza con un dolor puntiagudo de mil astillas de madera resulta no ser más que un mero efecto condensado en nuestro cuerpo de estructuras de signos reenviándose guiños abstractos unos a otros. Así reza, en resumidas cuentas, el axioma de nuestro presente idealista a fuerza de hipostasiar el lenguaje. Y sin embargo, más allá de infinitos libros reforzando esa aseveración, hay siempre un niño que hunde una mano en el barro y aplasta en sus dedos esa consistencia cercana y lejana simultáneamente, y ese sólo contacto le sirve para corroborar de una vez por todas la única certeza en este universo hecho de movimientos espeluznantemente veloces: la certeza sensible de saber que somos tocados por la materia desde siempre, y que frente a ello el lenguaje sólo puede ser el conjunto necesario de reverencias para esa gracia única y repetida incesantemente. “La dicha más plena es una dicha física/y debería producirse sólo una vez, /antes de que conozcamos las palabras. Su regreso es siempre/un instante de gracia que nos devuelve el amor con el que un día/la materialidad del mundo nos ha tocado.”

Al leer el libro de Claudia Masin, “La plenitud”, uno mismo vuelve a ser ese niño tocando el barro, o es el barro mismo en su instante de desintegración o, más radicalmente, siente ser la tierra entera en sus convulsiones y movimientos creando y destruyendo cosas, con el mismo amor, con similar indiferencia. El libro de Masin es un tratado sobre la física, la naturaleza, sus formas y sus tiempos, y una búsqueda de la palabra adecuada para ese pensamiento: “La plenitud” como el último eslabón en una tradición inaugurada por los “Físicos presocráticos” y los atomistas (Demócrito, Lucrecio, Epicuro). Como en todos ellos, hay lo que podríamos llamar una ética materialista de la escritura, es decir, una apuesta a convivir con la intemperie del mundo y sus mutaciones imperceptibles haciendo de la palabra un gesto delicado y amoroso que sirva a esos fines vitales. Uno podría afirmar que en estos poemas hay una apuesta férrea por la materia sobre el lenguaje, una galería de imágenes de la insubordinación de la materia al intento de ser apresada por la lengua, pero esa misma apuesta no deja de tener vaivenes e indecisiones en los poemas: la escritura de Masin es movilizada por una ética y una fe materialista, y por ello mismo una fe opaca y débil que salvaguarda el titubeo y la irresolución sin dogmatismo posible. “la materia es sagrada, / sólo por el contacto con ella entendemos con el cuerpo/lo que nunca podrían comprender la inteligencia o las palabras.”
Regresar a la materia, podría sintetizar el ánimo que mueve el libro, y es en el interior de esa directiva ética donde hayamos el principio de los movimientos convulsos de los versos en su vaivén incesante, ya que la frase contiene una aporía irreductible que el poemario no intenta resolver sino experimentar y desplegar así los efectos de la afirmación de una salvaje imposibilidad que es: regresar a la materia, pero por el mismo medio que en principio crea la distancia: el lenguaje. La fuerza y valentía de este libro radica en que hay una apuesta a no surcar esa distancia sino en recorrerla sin cortarla, en transitarla sin entregarnos un mapa definitivo, y así el retorno buscado pero imposible nos termina entregando en sus impasses figuras y experiencias de una exploración que en su propia devenir tiene su comienzo y fin. De este modo, regresar a la materia no es nunca una conciliación con la cifra escondida del mundo sino un re-comenzar incansable de su exploración, un nuevo inicio emprendido en cada poema y por eso mismo diferente: el regreso, nos dice Masin, es siempre la creación de una morada hecha en la comunidad íntima con los elementos del mundo, una morada siempre nueva pero extrañamente familiar. La materia está preñada de visiones y sonidos en exilio de ella misma, el lenguaje tiene un inconsciente material que lo abre desde adentro hacia su afuera, y el poema es esa cita entre ambos en un lugar cuyas indicaciones son siempre ambiguas pero que siempre, siempre, se juega fuera de casa: más allá de la materia y más acá del lenguaje.
En consecuencia, aunque la ética materialista de la escritura de Masin podría aparentar en un primer momento la postulación de una nueva dependencia invertida, ahora el lenguaje siervo de una materia inerte como un bloque de cemento, se trata más bien de una gimnasia amorosa y modesta en la que el lenguaje hiende sus palabras para abrirlas hacia las cosas, que a su vez están henchidas de más cosas, como si fueran mamushkas descubriéndose continuamente en su ilimitada variedad. Una ética, entonces, del saber vivir en esos encuentros, en sus matices irreductibles, y en esa íntima extrañeza que trama cada poema y que le confiere una peculiar aura trágica sin tragicidad. Como en la antigua tragedia griega, cada poema escenifica una Adikai, una situación de cruce de caminos en los que decidir por uno u otro es siempre un asunto arbitrario: cada camino es acertado, cada camino un error. Frente a esta intersección de justicias incompatibles pero igualmente válidas, se inauguran dos opciones. O la épica de la decisión, o la opción sostenida en los poemas de “La plenitud”,, a saber, la suspensión activa de la no-elección. Como si una Claudia Masin infante llegara a un cruce de caminos que tuvieran los respectivos carteles de indicación que rezaran “Materia” y “Lenguaje”, ella se sentara frente a ellos, cavara un pozo y escondiera su cabeza ahí, y comenzara a imaginar con palabras los posibles mundos de cada camino, sus geografías paralelas, diversas e incompatibles, hasta que a fuerza de murmurar esos delirios encontrara una frase perfecta, con la contundencia de un verso, el último verso. Y entonces la niña-poeta Masin levantara la vista ahora borrosa por el tope repentino con la luz y por un segundo confundida pareciera percibir los dos caminos superpuestos, los carteles uno arriba de otro confundidos como si fueran uno solo, “LenguajeMateria”, y entonces sonriera en la plenitud de una dicha fugaz que ha aprendido a amar, como lo hacemos nosotros al levantar la vista terminado el libro: la estela del viaje imaginativo de Claudia Masin que terminó en el cartel doble anudado delicadamente.
“si lo que sí sabíamos entonces es que es difícil/cierta clase de belleza, dar con ella, estar despiertos/cuando cruza por delante de nosotros, no para atraparla, /sino para quedarnos a vivir en la estela que deja?”

“La plenitud” es una declaración de amor al mundo hasta en su más minúsculo pliegue, una entrega sin demandas y condiciones a la impenetrable intimidad de esas formas de vida que nacen, explotan y desaparecen sin casi dejar sus huellas en el registro de la gran memoria del tiempo, y que sin embargo fueron, son y serán, ahora y siempre, en su sagrada insistencia.

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+ acerca de Javier Martínez Ramacciotti (Córdoba, 1985):
Participó de la antología de jóvenes narradores de Córdoba Es lo que hay (Editorial Babel) y de Dieciocho. Antología de poetas hombres de Córdoba (Tinta de Negros Ediciones). Ganó el primer premio del Concurso Literario El Banquete 2011, género poesía, con el libro Fondo Blanco publicado por Alción Editora. Es ayudante-alumno de la cátedra de Hermenéutica y miembro del Equipo de Investigación “La experiencia de la voz, la imagen y el cuerpo en escrituras poéticas contemporáneas (1980-2010).” Participa de la Dirección y Consejo Editorial de la Revista Caja Muda (www.revistacajamuda.net).
Mantiene los blogs www.ennombreimpropio.blogspot.com y www.noeranecesariorama.blogspot.com.
Su mail es: ramacciottijavier76@gmail.com

Libro: “La Plenitud”
Autor: Claudia Masin
Editorial: Hilos Editora – 2010

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