TOMAR PARTIDO POR LAS LUCIÉRNAGAS
Por Javier Martínez Ramacciotti

– Sobre “El gran dorado”(Iván Rosado, 2012) de Daiana Henderson
“Del sol baja una orden que nos toca
y pone cada cosa en su lugar”
Francisco Bitar
No sucede todo el tiempo. No le pasa a todo el mundo. Pero ocurre de vez en cuando y a ciertas personas: fatigados de caminar y sentir que en el trayecto han perdido más de lo que se ganó, cierran los ojos, inspiran profundamente, con una fuerza tal que terminan por consumir el entorno, y al levantar los párpado no tienen nada delante suyo. O mejor: tienen un precipicio. Entiéndase, tienen un precipicio por delante, un precipicio por detrás, y a la izquierda y a la derecha, precipicios. Como afirma Francis Ponge, ante el precipicio no cabe filosofar acerca de la caída (“no hay pedagogía del salto/ la caída se ejecuta”, escribió en un tono similar Ana Porrúa), sólo restan dos opciones: o saltar al vacío sin más o mirar instintivamente lo que está más cerca; o perderse en el unísono monocromo de la oscuridad o aferrarse a lo más insignificante creyendo ver allí el eco sutil de una luz que aún late. No sucede todo el tiempo y no le pasa a todo el mundo. Pero cuando alguien en el precipicio elige mantenerse adherido a cualquier cosa y hacer de ella un templo en el que rezar (aunque sea un rezo a nada ni a nadie, un modo de ganarle espacio y tiempo al silencio), ahí comienza un poema, ahí comienza la voz de Daiana Henderson, que nos llega sutil pero audible en el bellísimo libro “El gran dorado” (Iván Rosado, 2012).
“Se va, se va el sol, / se va/ y va a volver todos los días/ ¿qué es lo que tiene de guau?/ Las cosas se van y muchas veces/ no se despiden” Si hay una línea de lucidez que enhebra como un cable flúor todos los poemas, y se convierte así en la tonalidad emotiva sobre la que se erige el universo poético de Daiana, es la insobornable certeza de que todo, hasta lo más íntimo, termina por perderse, como si junto a la gravedad la pérdida fuera la otra ley física universal. Y sin embargo, junto a esta intuición habita otra: “Debemos atrapar el sol/ hay que alcanzarlo” Si es cierto que lo único que no se pierde es la repetición compulsiva de la pérdida- y acá no hay idealismos que valgan- eso no impide que sobre los poemas flote como una vapor dulce e hipnótico una pregunta: ¿es posible, si no eliminar, sí interrumpir por unos momentos el círculo de la pérdida y así trazar una línea tangencial de fuga que nos lleve a algún lado? ¿es posible suspender la inercia del precipicio y dar una paso que no sea hacia el vacío? Y si es posible, ¿cómo, por qué medio, con qué fuerzas e instrumentos? No sé si Daiana acompañaría este salto de fe, poco importa, pero creo que en su libro la respuesta es tangible al cerrar la última página: sí, hay chances de interrumpir el círculo del extravío, y el único medio es el poema, cada poema, que habilita un paso de danza en el precipicio mientras el mundo se desbarranca, que abraza con las extremidades de los versos las ínfimas cosas olvidadas y soslayadas tanto por la historia como por su reverso, la pérdida. Porque La Historia- la Historia Monumental y la Historia Íintima, la de todos y la de Daiana- es lo que indefectiblemente declina en el precipicio, su larga cadena de eventos significativos es la que se desmenuza, es El Sentido- el anhelo de sentido- el que se apaga como un foquito quemado: “Las certezas se apagaron con la última luz”; y no obstante, a pesar de la oscuridad, o justamente gracias a la oscuridad como telón negro de fondo para el contraste, el brillo tenue del poema: “Desde afuera es tan sólo( y tan solo)/ un punto naranja que baila en el aire/ y de vez en cuando descansa,/ un misterio” El poema es una luciérnaga que danza( Agamben: “la relación con una zona de no conocimiento es una danza”). Y como toda luciérnaga es lo que resiste a la oscuridad-la pérdida- pero que paradójicamente requiere de ese fondo para resistir. Los poemas de Daiana nacen en el momento en que, parada en el precipicio, suelta y abandona todo lo que quiere caer en el abismo del olvido- por más afecto que se les tenga- y así, liviana, fija su atención a las partículas elementales- un cigarrillo, una estrella, un pescador-, a los mínimos detalles insignificantes, y encuentra ahí una realidad que no le cabe en la mirada, algo que la excede y en la que quisiera saber extraviarse como modo aporético de salvarse de lo que se ahoga en el otro lado del precipicio, en esa oscuridad donde el mundo es sólo un supuesto: “No me entra la realidad en los ojos/ y quisiera que el mundo sea sólo esto”—“Esa estrella brilla tanto,/ hace que me duela el ojo, me pincha(…)atravesándome le pecho ¡zrac!/ Después de todo no estaría tan mal./ En tal caso, moriría de amor,/ o, en tal caso, me convertía en mártir./ En todos los casos podría,/ quizás, sentir/ algo/de todo/ esto”.
¿Pero cuál es el precipicio de Daiana Henderson en “El Gran dorado”? En uno de los que posiblemente sea de los mejores poemas que leí en los últimos tiempos, 17, Daiana exhibe con tierna y melancólica crudeza su precipicio: la salida definitiva de la adolescencia y la juventud, esa época en la que las luces artificiales de los boliches y la risa replicada al infinito parecieran anegar en una claridad cegadora los precipicios que asoman en cada recoveco y silenciar el murmullo del viento que todo lo lima y erosiona. En este poema, Daiana se desdobla y dialoga con la Daiana de los 17 años, y todo el tono es el de las antiguas epístolas morales, ese género de cartas en las que un anciano le enseñaba a un joven discípulo sobre la vida con afirmaciones alumbradas por medio del reflejo sombrío de una muerte cercana: la luz mortecina de la vejez. Y aunque Daiana es joven, ella se escribe a sí misma siendo más joven aún, y cuando volvemos la mirada detrás, o ponemos en frente nuestro lo que está a nuestras espaldas, todos somos viejos y estamos cansados, es decir, somos conscientes de la temporalidad que nos hace y deshace a su gusto y arbitrio. ¿Pero es este tono cansado y desencajado el de un ocaso, el tropiezo indefectible de toda luz al otro lado del despeñadero de la vida? Repitamos uno de los primeros versos del primer poema del libro para asegurarnos que no es así: “Debemos atrapar el sol/ hay que alcanzarlo” Es cierto que el sol ya no brilla sobre la cabeza de Daiana como en la juventud en la que cada uno es el actor protagonista de todas las películas( Aulicino: “Alto Mediodía/ a esta hora estarás en el centro de algo”), pero también es cierto que el libro está colmado de imágenes de pequeñas luces, brasas atizadas, resplandores anaranjados, rayos que caen en diagonal( “por la diagonal viene el ángel”, Jarry). Como escribimos más arriba, ante el precipicio o se salta al vacío o nos aferramos a cualquier cosa. Esta última opción es lo que Ponge llama tomar partido por las cosas, y que en Daiana se convierte en tomar partido por las cosas que emiten algún guiño débil de luz: tomar partido por las luciérnagas, llamaría a la estética de Daiana Henderson. “Alrededor se forman tres círculos/ de luz, de diferentes colores,/ pero si la mirás fijo, empiezan a desaparecer/ y queda sola, ella/ Y vos./ Y ella sobre tu cara(…)/ mirarla del mismo modo:/ rendidos de rodilla al pasto/ pidiendo una tregua,/ bajo los efectos de una borrachera sin fin”
No sucede todo el tiempo. No le ocurre a todo el mundo. De vez en cuando alguien, del precipicio, hace brotar un ramillete de poemas. Cuando eso pasa, como es el caso de “El gran dorado”, podemos afirmar sin miedo de caer en el ridículo que estamos ante un libro verdadero; o mejor dicho, un libro sincero, escrito en el espacio duro pero necesario de quien se ha dicho a sí misma toda la verdad, es decir, que se ha preguntado quién soy, qué quiero y cuánto estoy dispuesta a perder(a aceptar que ya perdí) en función de esto. Y entonces sí alcanzar el sol, o mejor aún, ser todos los soles, ser el gran dorado: “La vez que me senté sola/ en el frío de la cocina/ y me dije la verdad y sentí/ un amarillo que me venía/ a dorar las pestañas/ y estuve/ en todos los amarillos a la vez”
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+ acerca de Javier Martínez Ramacciotti (Córdoba, 1985):
Participó de la antología de jóvenes narradores de Córdoba Es lo que hay (Editorial Babel) y de Dieciocho.Antología de poetas hombres de Córdoba (Tinta de Negros Ediciones). Ganó el primer premio del Concurso Literario El Banquete 2011, género poesía, con el libro Fondo Blanco publicado por Alción Editora. Es ayudante-alumno de la cátedra de Hermenéutica y miembro del Equipo de Investigación “La experiencia de la voz, la imagen y el cuerpo en escrituras poéticas contemporáneas (1980-2010).” Participa de la Dirección y Consejo Editorial de la Revista Caja Muda (www.revistacajamuda.net).
Mantiene los blogs www.ennombreimpropio.blogspot.com y www.noeranecesariorama.blogspot.com.
Su mail es: ramacciottijavier76@gmail.com
Libro: “El gran dorado”
Autor: Daiana Henderson
Editorial: Iván Rosado – 2012







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