Editorial: ROMPER LA VIDA

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PARA BIEN DE LA POESÍA ARGENTINA

Por Irene Gruss

Los escritores de poesía hacemos poemas decorosos, los juntamos según un supuesto discurso y cerramos el libro con un título más que decoroso. Que todo sea, en lo posible, parejito, esto es: poemas logrados, redondos, con remates inefables, y así. Lo que hace o escribe Alejandro Schmidt es otra cosa. Él no se fija más que en otra cosa; a decir verdad, quizá le importe un bledo escribir mal, bien; ya no digo de manera decorosa porque esto lo espeluzna.

A Schmidt le importa otra cosa, por eso es poeta, y por eso escribe como escribe.

¿A quién se le ocurre abrir la reunión prácticamente completa de su obra con el título Romper la vida? A Alejandro Schmidt se le ocurre; a nadie más. En vez de honrarla cual reza la dulzona canción de Eladia Blázquez, Schmidt decide nombrar lo que ha escrito (desde el vamos hasta nuestros días) con el mero infinitivo de romperla. Como si nada; con lo que eso implica, denota, connota, etcétera.

Conocí a Schmidt a través de cientos de sobres de papel madera o cartulina blanca que enviaba a casa. Dentro de ellos, una innumerable colección de poesía escrita por innumerable gente que él mismo había seleccionado. También mandaba sus libros, libritos, plaquetas, con sus poemas. (Una vez recibí un sobre en el que había varios ejemplares de una plaqueta que contenía poemas de mi autoría.) Todo ese material lo publicaba a pulmón y con un cuidado editorial asombroso. Y cartas, innumerables cartas en las que se hablaba exclusivamente de escritura y lectura y un saludo amistoso.

Pienso ahora en estos versos de María del Carmen Colombo que marcan una de las premisas en la escritura de Schmidt:

un modo de montar / cuando fundo la palabra / confundo caballo con / jinete: una sola cosa // cuando la cosa sólo / es una: el modo/la manera de montar / un oscuro caballo // cuando sola y mortal / confundo/la montura y fundo / el eterno/caballo del fluir // cuando una sola cosa.

(De La muda encarnación, Último Reino, 1991). Esa “sola cosa”, insisto, en Schmidt también, siempre es otra: no se trata sólo de la pasión mallarmeana respecto de la forma; y/o del decir a pesar de la forma.
Alejandro Schmidt me pidió este prólogo; supongo que porque sabe que yo no sé hablar; mucho menos explayarme acerca del dominio del lenguaje, del cruce o del atravesarse; o porque me repugnan, como a él, palabras como canon, tendencia, los libros programáticos; berenjenas al por mayor. “Aún leo para aprender a vivir”, escribe; ésta es otra premisa de su poesía: evita la denominación; y también, o sobre todo, reniega de la reputación. Algunos de sus libros se llaman Mamá; Videla; Escuela Industrial; ¿a quién se le ocurre? Muy lejos del capricho o de la novedad, es una de las razones por las que me he acercado de a poco y cada vez más a su obra. Hay, aunque se disimule muy bien, fervor por la precisión, así como un elaborado modo de virar la nostalgia o la melancolía, sin caer en el violín lastimero: “¿La Historia es trágico suspenso?”, o bien, en “Poeta a los 15”, con colosal perspectiva dice: “Lejos brilla la sombra de los días mortales”, dice. Por el contrario, esa melancolía asciende a notas muy particulares, sin dejar de señalarla, más de una vez, como “decorado de una escena interior”; por ejemplo: si se habla de la lengua, uno debe acercarse al intitulado texto “Lo que me dijo el dentista”. Este poeta huye de los buenos modos. Cuando se vuelve social, escribe ese poema de Serie americana, “La música es la madrina de la patria”, que finaliza con estos versos: “mi música suaviza / el hedor de las fieras”. Schmidt no es evasivo; tampoco es efectista: permanentemente pareciera querernos decir: las cosas son como son; lo que digo es esto y también es lo otro.

¿Hubo un Schmidt joven, inocente, ingenuo en sus primeros libros?; ¿crece a medida que produce? Respondo que no a ambas preguntas: lo que suele llamarse crecimiento aquí se ve como una columna sólida desde el primero hasta lo último escrito y publicado; la seguridad o una certera conciencia de lo que se hace (se dice), ese saber decir, irá engrosándose con los años como la barriga de un Buda.

Alejandro Schmidt nació en 1955 en Villa María, provincia de Córdoba, Argentina. Vive allí y allí escribe. Entre folletos, plaquetas y libros, ha publicado 27 poemarios, editados, como dije, más de la mitad en su lugar de residencia, y distribuidos a pulmón. Resalto esto último porque, lejos de sentirse “un autor de las provincias” y con ello resentirse y/o dejar de producir, ha seguido los pasos humildes de los grandes, léase Juan L. Ortiz, léase Estela Figueroa, por mencionar a algún coetáneo. Así, a 146 km de distancia de Córdoba Capital y a 547 km de Palermo Zoo, debajo de lo que podría ser apenas un comentario de su actitud vital, remarco lo imprescindible en Schmidt, quien escribe poemas como éste:

“Mi poesía como algo robado por ahí. Mi poesía crecida entre la nieve y la decepción.
Como una broma privada, un pasatiempo de tinieblas.

O, al fin, grandes noticias de la nada.

La poesía, no sabe de mí, a veces, tropezamos en los pasillos del público lector y me pregunta por ese que nunca quise ser, y soy, seré.
Con groserías de rentista alguna poesía (y su gusano) aspira a la burguesía nacional de la palabra.
Hasta los 18 fui la virgen del luto de mi madre, en su manto, anoté el Pentateuco del fantasma (de los 6 a los 12 aprendí poesía en escuelas dominicales, Lutero o la ira de dios me recordaban que, de la abundancia del corazón, habla la boca).

Hasta los 28 creí que la poesía venía del espacio exterior.

Después, publiqué fuego fatuo, iluminaba los faisanes, encendía a los niños, asustaba a las profesoras, mataba los…; al fin no quedó nadie, o sea, quedé yo con un espejo de mano (qué lindo libro -decían los distraídos- prestámelo).

A los 36, recibí la coronación del malentendido, en la llanura, mis versos ya parecían un comienzo de hormiguero, ahora, cerca de los 50, firmo letras de cambio con el endoso de la sombra.
Devorar la Biblia, Spinetta, Henry Miller, Nietzsche, Cioran, Goethe, Rimbaud, los beatniks, Molinari, Mastronardi, Bayley; no evitó que, a un cielo muerto gritara mi padre su sermón aciago (Marco Aurelio, Séneca, Epicteto después, para vivir).

Pasó el amor, pasó la patria, pasó el que prometía y, ahora mismo, paso yo cubriéndome el rostro ante la luz más alta”. (Fragmento de La impropiedad, inédito)

Si algo reúne sus libros, creo que es el odio: esto es, la conciencia; el no perder tiempo, a la hora de escribir, en algo vano; una visión de mundo inequívoca (taladro fundamental y pozo); un punto de vista que no perderá el contraste, la dialéctica, sí, el fluir; eso que algunos llaman verdad y otros ficción; el sostener eso que algunos llaman poética y otros una razón de ser. Y a la vez y siempre, otra cosa, otra cosa; para bien de la poesía argentina.

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Libro: Romper la vida – antología existencial
Autor: Alejandro Schmidt
Editorial Nudista – Octubre 2013
www.editorialnudista.com.ar

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